﻿{"id":1224,"date":"2010-09-21T09:56:16","date_gmt":"2010-09-21T15:56:16","guid":{"rendered":"https:\/\/www.uv.mx\/blogs\/lectores\/?p=1224"},"modified":"2012-12-05T16:23:08","modified_gmt":"2012-12-05T22:23:08","slug":"con-los-oidos-abiertos-2","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.uv.mx\/blogs\/lectores\/2010\/09\/21\/con-los-oidos-abiertos-2\/","title":{"rendered":"Con los o\u00eddos abiertos"},"content":{"rendered":"<p>Eusebio Ruvalcaba<\/p>\n<p>Hermano de elecci\u00f3n<\/p>\n<p>1) Cada vez que me topaba a Germ\u00e1n Dehesa, beb\u00edamos whisky.<\/p>\n<p>2) Le desesperaba que en las entrevistas radiof\u00f3nicas que me hac\u00eda yo fuese el lac\u00f3\u00adnico por antonomasia. A mi lado, un monje que hubiese hecho el voto del silencio era gran conversador. Pero cuando est\u00e1bamos en su casa no paraba yo de hablar, desde luego sobre cualquiera de mis tres temas: mujeres, m\u00fasica y vino \u2014y eso era justo lo que \u00e9l quer\u00eda transmitir. Y que no logr\u00f3.<\/p>\n<p>3) Apenas identificaba su voz, ya sab\u00eda yo que la conversaci\u00f3n habr\u00eda de girar so\u00adbre Borges. Porque Germ\u00e1n Dehesa era gran, profundo, conocedor de Borges. Lo admiraba por encima de cualquier contin\u00adgencia. Hablamos de \u00e9l hasta la saciedad. Alguna vez me cont\u00f3 una an\u00e9cdota: Bor\u00adges vino a M\u00e9xico y \u00e9l \u2014Germ\u00e1n\u2014 estu\u00advo invitado a una cena en honor al maes\u00adtro; pero cuando lleg\u00f3 al umbral de aquella casa no se atrevi\u00f3 a tocar.<\/p>\n<p><!--more-->4) Dos o tres veces me invit\u00f3 a sus talleres. Hasta donde me acuer\u00addo, uno fue en las calles de Salvador Novo, me parece que en la casa de un se\u00f1or de apellido P\u00e9rez J\u00e1come; otro en La Planta de Luz, y uno m\u00e1s por la colonia Taxque\u00f1a. Germ\u00e1n era muy paciente. Me daba la palabra y yo gru\u00f1\u00eda sobre la inutilidad de los talleres literarios.<\/p>\n<p>5)\u00a0\u00a0 Acariciamos varios sue\u00f1os: un libro sobre las cantinas en la Ciudad de M\u00e9xico (que no culmin\u00f3 porque, cuando menos hasta donde yo lo conoc\u00ed, \u00e9l no era hombre de cantinas; s\u00ed de trago, pero no de cantinas); otro sobre personajes p\u00fablicos de la Ciudad de M\u00e9xico, que tampoco vio la luz porque \u00e9l conoc\u00eda a todo el mun\u00addo, y eso tiene consecuencias y acarrea problemas.<\/p>\n<p>6) Germ\u00e1n estuvo en la presentaci\u00f3n de un libro de mi autor\u00eda intitulado <em>Las cuarentonas. <\/em>Hizo re\u00edr a granel. Fue una mesa me\u00admorable. Tambi\u00e9n estuvieron Mar\u00eda Rojo, Perico el Payaso Loco, Sergio Sarmiento y, desde luego, Jaime Aljure, el editor.<\/p>\n<p>7) Ten\u00eda un auto hermoso. Que conduc\u00eda su chofer. Alguna vez nos encontramos en la avenida Patriotismo. Nos detuvimos ense\u00adguida. Era casi mediod\u00eda. Me baj\u00e9 de mi coche, y le di de beber de mi anforita de whisky. Me lo agradeci\u00f3 como si le hubiese presen\u00adtado a una reina de la belleza.<\/p>\n<p>8) De pronto com\u00eda yo en su casa. Me llamaba y la invitaci\u00f3n sobreven\u00eda. Entonces viv\u00eda \u00e9l en el Pedregal. Su esposa en aquella \u00e9poca, Adriana Landeros, vigilaba que la comida transcurriera en un ambiente de en\u00adsue\u00f1o. Todo era exquisito y abundante. Ine\u00adqu\u00edvocamente, me ped\u00eda que llevara yo poemas en los qu\u00e9 estuviera trabajando.<br \/>\nEscuchaba en silencio, sobrecogido \u2014sin importar que tan malos fueran mis poemas.<br \/>\nRecuerdo un par de cosas. La primera, que alg\u00fan malogrado verso que escrib\u00ed lo re\u00admont\u00f3 a Quevedo. Las l\u00e1grimas aguaron sus ojos. La otra, que en medio del trago recibi\u00f3 una llamada: en ese momento acababa de cometerse el atentado a Luis Donaldo Colosio. Entonces se levant\u00f3, lle\u00adn\u00f3 su vaso de whisky y le orden\u00f3 a su chofer que me llevara hasta mi casa. \u00c9l ten\u00eda que escribir su columna del d\u00eda siguiente. Ya.<\/p>\n<p>9)\u00a0 Por encima de cualquier cosa, Ger\u00adm\u00e1n valoraba los textos bien escritos, la pro\u00adsa impoluta. Hablamos mucho de eso. No perd\u00edamos oportunidad de ponderar a Arreola, a Y\u00e1\u00f1ez, a Alatorre, a Rulfo. Puros jaliscienses. Aque\u00adllas conversaciones se prolongaban hasta la madrugada del d\u00eda siguiente.<\/p>\n<p>10) Yo no le ped\u00ed un pr\u00f3logo para mi libro de <em>Las cuarentonas. <\/em>Pero \u00e9l lo escribi\u00f3. Entre otras cosas, dice: \u00abMi afici\u00f3n por las mujeres madu\u00adras no es, como en el caso de varios coet\u00e1neos m\u00edos, una resignaci\u00f3n de \u00faltima hora. No. A m\u00ed las cuarentonas me han gustado desde que esta\u00adba en el jard\u00edn de ni\u00f1os. Recuerdo su lejan\u00eda, su misterio, la acumulada vida que se empozaba en sus ojos, los amores pret\u00e9ritos que ya forma\u00adban leves surcos en su rostro, su destreza para fumar, para cruzar las piernas y para emplear con letal precisi\u00f3n un vasto repertorio de mira\u00addas. Comprender\u00e1s, curioso lector, la enorme alegr\u00eda que me produjo saber que mi cuate Eusebio Ruvalcaba, hermano de elecci\u00f3n, me convi\u00addaba a su libro sobre las cuarentonas. Eusebio y yo nos vemos poco. \u00c9l siempre anda perdido entre violines y yo entre l\u00edneas. No importa. Encontrarlo es toda una fiesta y creo firmemente que, aun sin saberlo, estamos tarareando la misma melod\u00eda. Ahora, por gracia de las cuaren\u00adtonas, nos volvemos a reunir y me da mucho gusto saludarnos aqu\u00ed en el umbral de este libro que aparentemente se dirige al lector masculino pe\u00adro que no podr\u00eda soportar la tristeza de la ausencia femenina.\u00bb<\/p>\n<p>11) Descansa en paz, Germ\u00e1n querido. 0<\/p>\n<p>Tomado de: El Financiero- cultural\u00a0 2010-09-06<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Eusebio Ruvalcaba Hermano de elecci\u00f3n 1) Cada vez que me topaba a Germ\u00e1n Dehesa, beb\u00edamos whisky. 2) Le desesperaba que en las entrevistas radiof\u00f3nicas que me hac\u00eda yo fuese el lac\u00f3\u00adnico por antonomasia. A mi lado, un monje que hubiese hecho el voto del silencio era gran conversador. 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