﻿{"id":1476,"date":"2011-05-23T09:21:03","date_gmt":"2011-05-23T15:21:03","guid":{"rendered":"https:\/\/www.uv.mx\/blogs\/lectores\/?p=1476"},"modified":"2012-12-05T16:23:02","modified_gmt":"2012-12-05T22:23:02","slug":"palabras-de-juana-ines-dehesa","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.uv.mx\/blogs\/lectores\/2011\/05\/23\/palabras-de-juana-ines-dehesa\/","title":{"rendered":"Palabras de Juana In\u00e9s Dehesa"},"content":{"rendered":"<p>Por Juana In\u00e9s Dehesa<\/p>\n<p>Buenas tardes.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Los bienes, si no son compartidos, no son bienes. Al amparo de esta frase de Fernando de Rojas ejecut\u00e9 mil veces lo que mi pap\u00e1 llamaba \u201crobo hormiga\u201d, el expolio por goteo, volumen a volumen, de su enorme biblioteca. En sus propias palabras, ten\u00eda el numerito muy puesto: sacaba a veces una novela, o el primer tomo de Anderson Imbert, o la edici\u00f3n de lujo de <em>Los mil y un a\u00f1os de la lengua espa\u00f1ola, <\/em>de Alatorre, e intentaba llev\u00e1rmelo sin que se diera mucha cuenta. Era en vano. Con todo y que era tuerto y miope, mi pap\u00e1 alcanzaba a ver bastante. He de decir en su descargo que lo aceptaba de bastante buena gana: s\u00f3lo entrecerraba los ojos, mov\u00eda la cabeza y emit\u00eda una de sus esdr\u00fajulas favoritas: m\u00e9ndiga. Lo dec\u00eda con tal mezcla de azoro y ternura que nunca presagiaba nada demasiado terrible.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">No se enojaba \u2014o no mucho\u2014 porque para mi pap\u00e1 el compartir los libros, sus libros, era una manera m\u00e1s de manifestar su cari\u00f1o.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><!--more--><\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Mi pap\u00e1 era, sobre todo, generoso.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Es bien conocido su entusiasmo como maestro. Era conmovedor verlo cada martes llegar a platicar sobre <em>Madame Bovary<\/em> o <em>En busca del tiempo perdido <\/em>con un grupo de hombres y mujeres entusiastas que no ten\u00edan miedo a enfrentarse a ning\u00fan volumen, por oscuro o desesperanzador que fuera, porque su maestro Germ\u00e1n los tomaba de la mano y los acompa\u00f1aba, fidel\u00edsimo siempre, en su lectura.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Pero no s\u00f3lo compart\u00eda sus lecturas. Compart\u00eda, siempre, sus libros. En todos lados se presentaba con un libro bajo el brazo que muy probablemente hab\u00eda sacado al vuelo de su propio librero. O, si un t\u00edtulo le entusiasmaba particularmente \u2014<em>Mi familia y otros animales, <\/em>de Gerald Durrell, o <em>El \u00faltimo encuentro, <\/em>de S\u00e1ndor M\u00e1rai\u2014, le encargaba una y otra vez a Francisco, su fiel escudero, que comprara un ejemplar para regalarlo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Con nosotros, sus hijos, comparti\u00f3 siempre sus libros. \u201cEs todo lo que les voy a dejar\u201d, dec\u00eda. Mentira; nos dej\u00f3 mucho m\u00e1s. Si con Andr\u00e9s comparti\u00f3 los caireles y la mirada limpia del principito imaginado en un desierto por el piloto Saint-Exup\u00e9ry, acompa\u00f1\u00f3 a Mariana durante un enfebrecido romance que \u00e9sta sostuvo, durante sus a\u00f1os preescolares, con un tomito ilustrado, editado por Ekar\u00e9, de la <em>Margarita, <\/em>de Rub\u00e9n Dar\u00edo. Durante meses, le ley\u00f3 pacientemente los versos, hasta que el resto de los habitantes de la casa pedimos clemencia y alg\u00fan respiro de la tienda hecha del d\u00eda y el reba\u00f1o de elefantes.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\u00c1ngel y \u00e9l hablaban de Sandokan sin descanso. Que si era Sandokan o Sandok\u00e1n, que cu\u00e1l era el origen de Mompracem y cu\u00e1l la ubicaci\u00f3n exacta de la Malasia. Conmigo, los libros fueron siempre la moneda de cambio de nuestras transacciones afectivas. Habl\u00e1bamos de lo que est\u00e1bamos leyendo, de lo que est\u00e1bamos leyendo y el otro deber\u00eda leer, y de los libros que codici\u00e1bamos uno del otro. Ingenuo, un d\u00eda hace muchos a\u00f1os sac\u00f3 de su biblioteca <em>El fantasma de Canterville <\/em>para leerlo conmigo y nunca jam\u00e1s lo volvi\u00f3 a ver. Y \u00e9se fue s\u00f3lo el principio.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Con todo y mis minuciosos empe\u00f1os, en su casa de Tlacopac, en San \u00c1ngel, lleg\u00f3 a acumular miles de vol\u00famenes. Entre ellos, hay libros que compr\u00f3 en sus viajes, en Nueva York, en Madrid, en San Diego; libros que su querid\u00edsimo amigo Mauricio Achar le mandaba pedir y le regalaba por el puro gusto de verlo contento y emocionado. Nada lo emocionaba tanto como que llegara a sus manos un libro ansiado. En esa biblioteca, en esta biblioteca, est\u00e1n varios de sus diccionarios, que guardaba siempre cerca de su mesa de trabajo y que consultaba sistem\u00e1ticamente: el Corominas, el Manuel Seco, el Moliner, el de Mejicanismos\u2026 Est\u00e1n tambi\u00e9n su Borges y su Calvino; su Proust; su Quevedo, su Tirso, su Woolf, su Yourcenar\u2026<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Un d\u00eda, platicando con mi maestro Felipe Garrido, una de esas ma\u00f1anas en las que ambos trat\u00e1bamos de evitar el espinoso tema de mi inexistente tesis, le cont\u00e9 que Mariana mi hermana nunca se llevaba a un viaje un libro que no hubiera le\u00eddo antes. Pues es muy sabia, me contest\u00f3 Felipe; los libros son como las personas: uno s\u00f3lo va de viaje con sus amigos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Para mi pap\u00e1, y para nosotros, \u00c1ngel, Andr\u00e9s, Mariana y Juana In\u00e9s Dehesa, estos libros fueron y son amigos. Son miles y miles de amigos que hoy con enorme gusto venimos a encomendarles. Qui\u00e9ranlos, l\u00e9anlos, cu\u00eddenlos y comp\u00e1rtanlos. Porque los bienes, si no son compartidos, no son bienes.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Muchas gracias.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por Juana In\u00e9s Dehesa Buenas tardes. Los bienes, si no son compartidos, no son bienes. Al amparo de esta frase de Fernando de Rojas ejecut\u00e9 mil veces lo que mi pap\u00e1 llamaba \u201crobo hormiga\u201d, el expolio por goteo, volumen a volumen, de su enorme biblioteca. 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