﻿{"id":1580,"date":"2011-09-22T11:52:29","date_gmt":"2011-09-22T17:52:29","guid":{"rendered":"https:\/\/www.uv.mx\/blogs\/lectores\/?p=1580"},"modified":"2012-12-05T16:22:43","modified_gmt":"2012-12-05T22:22:43","slug":"valiente-mundo-nuevo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.uv.mx\/blogs\/lectores\/2011\/09\/22\/valiente-mundo-nuevo\/","title":{"rendered":"Valiente mundo nuevo"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify\">Carlos Fuentes<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">En cualquier gran ciudad de la Am\u00e9rica  Latina estamos expuestos al da\u00f1o maligno de la colisi\u00f3n del crimen de  autoridades y criminales\u00bb. Es lo que transmite Juan Villoro en <em>El testigo,<\/em> con Ciudad de M\u00e9xico como espacio literario<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Cuando yo nac\u00ed, en 1928, la ciudad de M\u00e9xico no llegaba al mill\u00f3n de habitantes. Cuando publiqu\u00e9 mi primera novela, <em>La regi\u00f3n m\u00e1s transparente<\/em>, en 1958, hab\u00eda llegado a los cinco millones. Cuando Juan Villoro public\u00f3 <em>El testigo<\/em>, en 2004, el n\u00famero de citadinos hab\u00eda rebasado los veinte millones.<\/p>\n<div style=\"text-align: justify\">\n<div>\n<p>Ju\u00e1rez era un indio anticlerical porque lo hab\u00edan educado. El indio  no tiene derecho ni a envejecer: cuando el indio encanece, el espa\u00f1ol  fenece<\/p>\n<\/div>\n<\/div>\n<p style=\"text-align: justify\">Digo esto porque, en cierto modo, yo contaba con una ciudad de M\u00e9xico  m\u00e1s ce\u00f1ida, abarcable en sus extremos, aunque nunca en sus honduras.  Hacia abajo, ciudad n\u00e1huatl, colonial, decimon\u00f3nica, moderna. Hacia  fuera, ciudad limitada por Azcapotzalco, al norte, Cuatro Caminos y la  Magdalena Contreras al occidente, Coyoac\u00e1n al sur y el lago de Texcoco  al oriente. Hoy, M\u00e9xico se ha desbordado m\u00e1s all\u00e1 del Distrito Federal  al Estado de M\u00e9xico, a los linderos de Morelos, a Santa Fe.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">J<!--more-->uan Villoro no ha querido, en <em>El testigo<\/em>, que el espacio de la ciudad sea el de su novela. La ciudad de M\u00e9xico es aqu\u00ed s\u00f3lo un espacio literario -el de la novela <em>El testigo<\/em>&#8211;  complementado por los espacios que la ciudad dej\u00f3 atr\u00e1s y los que la  ciudad no pudo someter. El espacio de la novela ya no se construye en  extensi\u00f3n o n\u00famero. La novela es ciudad sin l\u00edmites, por ausencias, por  nostalgias. Por lenguajes: Mamerto, ch\u00f3mpiras, me vale sorbete&#8230;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Sabedor  de que el Distrito Federal se ha vuelto inabarcable, Villoro opta, as\u00ed,  por crear una ciudad parcelada, m\u00e1s identificable por lo que no es que  por lo que es; m\u00e1s, por sus maneras de enga\u00f1arse a s\u00ed misma que por las  verdades que se dice a s\u00ed misma o que se dicen de ella.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Julio, el  narrador, ha regresado de Europa con una esposa italiana y dos ni\u00f1as. Si  alguna vez crey\u00f3 que la ausencia le ser\u00eda perdonada, se equivoca. La  ciudad de M\u00e9xico le aguarda cargada de todo lo que Julio hubiese querido  dejar atr\u00e1s. All\u00ed est\u00e1n las personas del pasado, dispuestas a negarle  la paz y a echarle en cara la ausencia. All\u00ed le esperan F\u00e9lix Rovirosa y  Constantino Portella, G\u00e1ndara y Centollo, Orlando Barbosa y las mujeres  de ayer, Nieves y Vlady Vay.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Lo esperan un pa\u00eds roto y la  autoridad del fracaso. Las mil maneras de ofenderse que tienen los  mexicanos. Las cuentas pendientes de la vida colectiva y personal. Las  sonrisas duras de quienes no quieren ser notados. El rencor, la  decepci\u00f3n y la impotencia. La espera eterna de lo que nunca va a pasar.  Lo aguarda el mito-enga\u00f1o de quienes quisieron \u00abel socialismo perfecto y  el amor libre y el cine de autor y la poes\u00eda sin mundo o sin otro mundo  que el de la poes\u00eda\u00bb.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Lo esperan los prejuicios abyectos,  escondidos a veces, jam\u00e1s desterrados, del mundo de privilegios perdidos  o por nacer. Ir al excusado es \u00abhacer Ju\u00e1rez\u00bb. -La educaci\u00f3n vuelve  peligroso al indio. Ju\u00e1rez era un indio anticlerical porque lo hab\u00edan  educado- y el indio no tiene derecho ni a envejecer: cuando el indio  encanece, el espa\u00f1ol fenece. Ju\u00e1rez debi\u00f3 de morir. Nuestros Mes\u00edas  deben ser ins\u00edpidos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Destaco este racismo anti-ind\u00edgena porque no  es com\u00fan ni admisible en la cultura mexicana, donde el culto del  ind\u00edgena corre parejo a la denostaci\u00f3n de lo espa\u00f1ol, creando la  confusi\u00f3n moral en la que exaltamos al indio muerto pero discriminamos  al indio vivo; censuramos la conquista espa\u00f1ola pero somos quienes somos  y hablamos lo que hablamos gracias a Espa\u00f1a.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\u00bfPor d\u00f3nde escapar a  tantas contradicciones? Sobran playas y pir\u00e1mides, anota Villoro y la  facilidad, lo accesible, niega nuestra vocaci\u00f3n de desastre.  \u00bfDemocracia? Para transar. \u00bfTranquilidad? Para morirse de aburrido.  \u00bfHistoria? No realidad sino, apenas, pobre remedio para la realidad.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\u00bfQu\u00e9  nos queda? Villoro hace una incursi\u00f3n notable al mundo del campo  mexicano. Ya no es, claro, el campo de Y\u00e1nez o Rulfo, porque los  campesinos mexicanos han perdido todas sus luchas. Villoro recrea la  gran nostalgia de la acci\u00f3n campesina, no s\u00f3lo en la Revoluci\u00f3n de  Zapata y Villa, sino en ese singular momento que fue la Cristiada, la  rebeli\u00f3n del interior cat\u00f3lico contra las leyes civiles de la Revoluci\u00f3n  y, en particular, contra los gobiernos \u00abateos\u00bb de Obreg\u00f3n y Calles en  la d\u00e9cada de 1920-1930. Acci\u00f3n desesperada, heroica, insensata, la  Cristiada es en Villoro el s\u00edmbolo hist\u00f3rico de una derrota de la  tierra. El mundo agrario de M\u00e9xico se despobl\u00f3, al grado de que, hoy las  tres cuartas partes de los mexicanos viven en las ciudades. La \u00faltima  extravagancia del campo fue, quiz\u00e1s, la Cristiada y los cristeros  fusilaban relojes para detener un tiempo que no les hac\u00eda caso.  Derrotados, se arrojaban a los barrancos, pero dejaban sus camisas como  s\u00edmbolo de una presencia.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">La provincia que visita Julio y evoca  Villoro es un camposanto que no puede ignorar su propia muerte. Lugares,  olores, memorias, ausencias, hablan de una guerra loca cuyo \u00fanico l\u00edder  era Cristo y cuyos militantes tem\u00edan morir en el sue\u00f1o, \u00absin  encomendarse a Dios\u00bb, aunque, a veces, se quedaban dormidos con la soga  al cuello&#8230; La iglesia, al cabo, no acompa\u00f1\u00f3 a los rebeldes.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">La  provincia mexicana se qued\u00f3, tan s\u00f3lo, con el \u00abrancio esplendor\u00bb que le  otorg\u00f3 un poeta zacatecano, Ram\u00f3n L\u00f3pez Velarde, cuya corta vida  (1880-1921) no le permiti\u00f3 ver m\u00e1s que la realidad de un tr\u00e1nsito pero  cuya poes\u00eda rescat\u00f3 a un mundo que, sin ella, carecer\u00eda de alma. \u00abEl  cat\u00f3lico atravesado de nostalgia y el dandy transgresor\u00bb, como lo llama  Villoro, admiti\u00f3 todas las \u00abpugnas favoritas\u00bb de la cultura mexicana:  provincia y capital, tradici\u00f3n y rebeli\u00f3n, M\u00e9xico y el mundo,  civilizaci\u00f3n y barbarie. Sobre todo, las mujeres: benditas o malditas,  \u00abmarchitas, locas o muertas\u00bb. \u00ab\u00cdntima tristeza reaccionaria\u00bb y sin  embargo, \u00bfhay otra voz po\u00e9tica que d\u00e9 cuenta de s\u00ed y de su tiempo, de  nosotros, de las contradicciones, m\u00e1s que la de L\u00f3pez Velarde?<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Con raz\u00f3n Villoro le da un sitio central al poeta en esta nueva novela de la desesperanza que es <em>El testigo.<\/em> Quiz\u00e1s el testimonio del t\u00edtulo sea el de L\u00f3pez Velarde, pues Villoro  nos arrastra a cuanto lo niega -el horror, el horror, dir\u00eda el Kurtz de  Conrad en <em>El coraz\u00f3n de las tinieblas<\/em>&#8211; en una espantosa colisi\u00f3n  del crimen de autoridades y criminales que somete a Julio, el  protagonista, a un horror personificado por el comandante Ogarrio-mano  grande \u00absaturada de anillos\u00bb, cutis de viruela, lenguaje hamp\u00f3n, cena de  v\u00edsceras, pito como un puro, y su siniestro adl\u00e1tere, el Hur\u00f3n&#8230;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">El  novelista nos hace sentir que, como Julio, todos, en cualquier gran  ciudad de la Am\u00e9rica Latina, estamos expuestos al da\u00f1o maligno que nos  reservan Ogarrio y el Hur\u00f3n. Que son, adem\u00e1s, los representantes de la  ley. Villoro nos permite imaginar c\u00f3mo ser\u00e1n los representantes del  crimen. \u00bfO ya no hay diferencia? \u00abA cada quien -precisa Villoro- le  tocaba una cuota de violencia<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">&#8230; una vacuna para vivir en el D. F.\u00bb.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Tomado de: <a href=\"http:\/\/www.elpais.com\/articulo\/portada\/Valiente\/mundo\/nuevo\/elpepuculbab\/20110820elpbabpor_54\/Tes\">http:\/\/www.elpais.com\/<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Carlos Fuentes En cualquier gran ciudad de la Am\u00e9rica Latina estamos expuestos al da\u00f1o maligno de la colisi\u00f3n del crimen de autoridades y criminales\u00bb. Es lo que transmite Juan Villoro en El testigo, con Ciudad de M\u00e9xico como espacio literario Cuando yo nac\u00ed, en 1928, la ciudad de M\u00e9xico no llegaba al mill\u00f3n de habitantes. 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