﻿{"id":1606,"date":"2011-10-24T11:37:58","date_gmt":"2011-10-24T17:37:58","guid":{"rendered":"https:\/\/www.uv.mx\/blogs\/lectores\/?p=1606"},"modified":"2012-12-05T16:22:43","modified_gmt":"2012-12-05T22:22:43","slug":"la-literatura-y-los-que-la-leen","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.uv.mx\/blogs\/lectores\/2011\/10\/24\/la-literatura-y-los-que-la-leen\/","title":{"rendered":"La literatura y los que la leen"},"content":{"rendered":"<div>\n<p>Por Fernando Aramburo<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignright\" src=\"http:\/\/luvanmagazine.com\/wp-content\/uploads\/2010\/05\/literatura1.jpg\" alt=\"\" width=\"236\" height=\"261\" \/>El autor cocina, el lector degusta. De autores con talento y de lectores avezados se hace la literatura<\/p>\n<\/div>\n<p style=\"text-align: justify\">Un texto redactado con voluntad literaria constituye un acto  de comunicaci\u00f3n con aditivos. Uno expresa algo de cierta manera que  aspira a ser tenida en cuenta como tal manera. El escritor que favorezca  lo primero, lo que tradicionalmente ha venido llam\u00e1ndose el contenido,  adoptar\u00e1 un tipo de escritura escueto, sobrio, de baja densidad  ornamental. El que, por el contrario, resalte las propiedades est\u00e9ticas  preferir\u00e1 las estructuras complejas y los modos expresivos alejados de  la lengua est\u00e1ndar.<\/p>\n<div style=\"text-align: justify\"><\/div>\n<p style=\"text-align: justify\">Entre ambos extremos se alarga una variada gradaci\u00f3n de estilos,  todos matizables, ninguno ileg\u00edtimo. Cualquier novedad que se incorpore a  los usos literarios orienta el texto en la direcci\u00f3n de la sencillez o  de la dificultad. La sencillez no tiene por qu\u00e9 dar forzosamente frutos  populares. La dificultad nunca es popular.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><!--more-->No es ins\u00f3lito (ni  apenas beneficioso para el progreso de la cultura) que algunos  escritores menosprecien a otros en voz alta por ocupar una posici\u00f3n  distante de la suya en la escala general de las tendencias literarias.  Por lo visto ignoran que el estilo por s\u00ed solo es un criterio  insuficiente para determinar la calidad de una obra. Un escritor no  ejerce mal su oficio porque nos disguste su manera de escribir. Ser\u00eda  absurdo criticar a un cocinero experto en platos chinos por la simple  raz\u00f3n de que nuestro paladar deteste el arroz. El escritor no flojea  porque practique el realismo, la poes\u00eda barroca o la escritura  vanguardista, sino porque, dentro de su tendencia particular, carece de  unas cualidades determinadas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">De poco sirve ejercitar dichas  cualidades, cualesquiera que sean si los lectores no disponen de antenas  intelectuales para captarlas, en cuyo caso el escritor deber\u00e1  resignarse a la suerte del pianista que pulsa las teclas de su  instrumento ante un p\u00fablico sordo. Una situaci\u00f3n de este tipo es por  desgracia frecuente en Espa\u00f1a, naci\u00f3n donde el plebeyismo y la zafiedad  en sus sucesivas variantes (pensemos, a modo de ejemplo, en los  programas actuales de televisi\u00f3n de mayor audiencia) han encontrado,  incluso en las capas cultas de la sociedad, terreno propicio desde hace  varios siglos. El ambiente populachero, de vulgaridad asumida, perjudica  no menos el arraigo social de las formas art\u00edsticas de alto rumbo que a  las personas privadas de conocerlas y disfrutarlas. Vocablos como <em>intelectual, estilista, l\u00edrica, ret\u00f3rica, bellas letras,<\/em> se han impregnado en la lengua espa\u00f1ola de nuestros d\u00edas de connotaciones peyorativas. Se dijera, en conclusi\u00f3n, que <em>un t\u00edo que escribe<\/em> inspira m\u00e1s confianza que <em>un literato.<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Raro  ser\u00e1 que a una obra rica en pensamientos complejos, en datos  hist\u00f3ricos, en aciertos formales y hondura humana no la preceda un  sostenido esfuerzo que f\u00e1cilmente pudo prolongarse por espacio de varios  a\u00f1os. Se comprende que al autor, durante el largo y a menudo penoso  proceso de creaci\u00f3n, lo haya animado la esperanza de ser alg\u00fan d\u00eda  entendido, de dejar acaso una impronta positiva en esta y aquella  conciencia y, si las cosas vienen bien dadas, de merecer aplauso,  cuesti\u00f3n en absoluto desde\u00f1able puesto que puede dar de comer.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">La  expectativa de una recompensa a la labor llevada a t\u00e9rmino es propia del  hombre libre. El esclavo, pobrecillo, \u00bfqu\u00e9 va a esperar? Existen desde  luego recompensas de muchas clases. Se cuenta que en 1928 Bertolt Brecht  recibi\u00f3 un autom\u00f3vil a cambio de un poema. La remuneraci\u00f3n en dinero o  en especie no significa que el escritor haya despachado la tarea con  m\u00e9rito ni que dicho m\u00e9rito, de haber existido, sea cuantificable, aunque  no falten en el gremio literario quienes crean que valen lo que se les  paga. En rigor, no hay recompensa m\u00e1s digna que la de comprobar que no  se ha trabajado en vano, que lo que uno hizo con perseverancia y esmero  en su soledad laboriosa resulta \u00fatil, significativo, quiz\u00e1 deleitoso,  para los dem\u00e1s.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Esta expectativa no tiene por qu\u00e9 estar  morbosamente ligada a la vanidad, reproche com\u00fan all\u00ed donde los gustos  populares, elevados a norma, toleran a rega\u00f1adientes la excelencia. Al  profano le sale m\u00e1s f\u00e1cil admirar a quien emplea para fines est\u00e9ticos  instrumentos o materiales costosos cuyo manejo requiere, por a\u00f1adidura,  un arduo aprendizaje. Pienso en el caballete y los trebejos de pintar,  en los m\u00e1rmoles del escultor, en el arpa, en la c\u00e1mara cinematogr\u00e1fica.  Sin embargo, ni el lector m\u00e1s cerrado de mollera duda en juzgar, tasar y  aun corregir las obras de quienes se propusieron hacer arte con esa  cosa vulgar, cotidiana y sin due\u00f1o que hasta los ni\u00f1os llevan a la boca:  la palabra.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Por unas monedas pueden adquirirse hoy d\u00eda ediciones de bolsillo del <em>Quijote,<\/em> de la <em>Il\u00edada,<\/em> de <em>Poeta en Nueva York.<\/em> No piden m\u00e1s en una librer\u00eda por la suma de hojas impresas que  denominamos libro. Uno paga el papel, la tinta, el transporte, la  distribuci\u00f3n, esas cosas. Los logros verbales, en cambio, son a tal  punto irreductibles a un precio que los afortunados que nos instruimos y  complacemos con ellos propendemos a considerarlos dones de la  naturaleza, a la manera de los tigres, las amapolas o los atardeceres.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\u00bfC\u00f3mo  agradecer a los autores lo que hicieron por nosotros, aunque hayan  muerto, aunque jam\u00e1s nos crucemos con ellos por la calle? En el fondo,  sin necesidad de propon\u00e9rnoslo, les estamos mostrando nuestro  reconocimiento y, de paso, la gratitud que nadie nos exige, que surge  acaso de una emoci\u00f3n personal, de un incidente privado, de una simple  reacci\u00f3n subjetiva, cuando nos adentramos en sus escritos con  aplicaci\u00f3n. Y no por nada, sino que la literatura presupone la  participaci\u00f3n de inteligencias curiosas y sensibles sobre las que ella  pueda ejercer sus efectos innumerables, de la misma manera que la m\u00fasica  logra su consumaci\u00f3n, no en el aire que atraviesa, sino en los o\u00eddos  que la escuchan. Ni siquiera quien est\u00e1 persuadido de escribir s\u00f3lo para  s\u00ed est\u00e1 exento de esta ley de la comunicaci\u00f3n. Quien escribe para s\u00ed se  dirige por fuerza a la sombra del lector que va a su lado. Ser\u00e1n uno y  otro la misma persona, pero en modo alguno la misma perspectiva.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">El  autor cocina, el lector degusta. Si aquel no evit\u00f3 que se le quemara la  comida, si se propas\u00f3 con la sal, si retir\u00f3 la cazuela demasiado pronto  del fuego, habr\u00e1 fallado. No menos in\u00fatil habr\u00e1 sido su empe\u00f1o si el  comensal destinado a deleitarse con la maravilla culinaria tiene un  paladar de granito. De autores con talento y de lectores avezados se  hace la literatura digna de tal nombre. De lectores exigentes con  aquello que se les ofrece, pero tambi\u00e9n consigo mismos. Lo cual implica  disposici\u00f3n por su parte a afinar el gusto, a superar dificultades de  lectura, a enfrentarse con textos cuyos secretos no se dejan desentra\u00f1ar  as\u00ed como as\u00ed, antes bien con ayuda de una carga notable de dedicaci\u00f3n y  paciencia.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Hoy d\u00eda abundan los escritores que aprovechan  cualquier oportunidad para cubrir de requiebros a los aficionados a los  libros. Obviamente los adulan llevados de la certera intuici\u00f3n de que  sin ellos no son nada. Por lo mismo podr\u00edan injuriarlos a fin de golpear  su atenci\u00f3n. Buscan p\u00fablico sin distinci\u00f3n de intereses y calidades, al  modo de una flor que saliera volando en pos de cuantos insectos pululan  por la zona, sean polinizadores o no.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Abandonan entonces su lugar  natural, el escritorio; emprenden campa\u00f1as de promoci\u00f3n que con  frecuencia los obligan a ir de ciudad en ciudad convertidos en viajantes  de comercio de sus propios libros, procurando generar noticia y  diseminar su retrato y su nombre en los medios de comunicaci\u00f3n. Alguna  escritora incluso ha salido despojada de ropa en las revistas. Otros  justifican su participaci\u00f3n en competiciones literarias, de dudosa  honradez en ocasiones, con el socorrido argumento de que desean  incrementar el n\u00famero de sus lectores, si bien no termina de quedar  claro, cuando as\u00ed se expresan, si buscan personas que dediquen atenci\u00f3n a  sus libros o se conforman con que simplemente los adquieran.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Parece  inveros\u00edmil que alguien lea un libro llevado por un gesto de caridad  hacia el escritor. Uno lee un libro en provecho propio, deseoso de  distracci\u00f3n, de consuelo, de aprendizaje, cuando no apretado por  obligaciones pedag\u00f3gicas o profesionales. En un pa\u00eds civilizado, los  ciudadanos est\u00e1n en su derecho de leer o no leer, y, si lo hacen, de  elegir lo que leen y leer de acuerdo con est\u00edmulos o expectativas de su  exclusiva incumbencia. Esta circunstancia no obsta para que existan  lectores inh\u00e1biles, igual que existen comensales sin gusto, movidos tan  s\u00f3lo por el impulso de matar a toda prisa el hambre.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">No se puede  endosar a los lectores la responsabilidad de sostener la literatura.  Libro en mano, corresponde a cada uno de ellos la decisi\u00f3n de valerse de  la actividad lectora para pasar un buen rato, soltar unas carcajadas u  olvidar las penalidades de la jornada. Por la misma regla de tres, la  literatura de calidad no es ni tarea ni placer para todo el mundo, y el  hecho de que se distribuya dentro de libros, electr\u00f3nicos o de papel, no  significa que merezca la misma consideraci\u00f3n que otros libros de  similar formato cuya finalidad se aparta de la expresi\u00f3n escrita con  intenci\u00f3n est\u00e9tica. Y esto es as\u00ed por cuanto la literatura exige de sus  receptores un grado no peque\u00f1o de formaci\u00f3n cultural, adem\u00e1s de una  serie de cualidades que no todo el mundo por desgracia posee, como la  sensibilidad para determinados registros y temas, la paciencia para el  libro voluminoso, para el que frecuenta zonas de vocabulario inusual,  para el que abunda en innovaciones estil\u00edsticas; en fin, para el que no  se deja leer con un ojo mientras se mira con el otro a otra parte.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Tomado de: <a href=\"http:\/\/www.elpais.com\/articulo\/portada\/literatura\/leen\/elpepuculbab\/20111008elpbabpor_38\/Tes\">http:\/\/www.elpais.com<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por Fernando Aramburo El autor cocina, el lector degusta. De autores con talento y de lectores avezados se hace la literatura Un texto redactado con voluntad literaria constituye un acto de comunicaci\u00f3n con aditivos. 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