﻿{"id":2365,"date":"2013-01-25T10:42:21","date_gmt":"2013-01-25T16:42:21","guid":{"rendered":"https:\/\/www.uv.mx\/blogs\/lectores\/?p=2365"},"modified":"2013-01-25T10:47:16","modified_gmt":"2013-01-25T16:47:16","slug":"el-amante-del-volcan","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.uv.mx\/blogs\/lectores\/2013\/01\/25\/el-amante-del-volcan\/","title":{"rendered":"El amante del volc\u00e1n"},"content":{"rendered":"<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignright\" id=\"rg_hi\" alt=\"\" src=\"http:\/\/t3.gstatic.com\/images?q=tbn:ANd9GcQGFKsmSaRPJDlplmFhj1cDieV_q19S1Le_Gq9Y3jXeNgWFqoVt\" width=\"93\" height=\"136\" \/><\/p>\n<p>Por Susan Sontag<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>PRIMERA PARTE<br \/>\n1.<br \/>\nSu primer permiso de vuelta a casa hab\u00eda concluido. El hombre que el N\u00e1poles cort\u00e9s<br \/>\nconocer\u00eda en adelante como II Cavaliere, el Caballero, principiaba el largo trayecto de vuelta a<br \/>\nsu puesto, al \u00abreino de las cenizas\u00bb. As\u00ed lo hab\u00eda denominado uno de sus amigos de Londres.<br \/>\nAl llegar, todos pensaron que parec\u00eda mucho m\u00e1s viejo. Segu\u00eda a\u00fan tan delgado: un<br \/>\ncuerpo hinchado por los macarrones y los pasteles de lim\u00f3n poco habr\u00eda encajado con una cara<br \/>\nalargada, inteligente, de nariz aguile\u00f1a y cejas muy pobladas. Pero hab\u00eda perdido la palidez de<br \/>\nsu casta. Algunos observaron el oscurecimiento de su blanca piel desde que se hab\u00eda ido, siete<br \/>\na\u00f1os antes, con algo parecido a la desaprobaci\u00f3n. S\u00f3lo los pobres \u2014es decir, la mayor parte de<br \/>\nla gente\u2014 estaban tostados por el sol. No el nieto de un duque, el hijo menor de un lord, el<br \/>\ncompa\u00f1ero de infancia del propio rey.<!--more--><br \/>\nNueve meses en Inglaterra hab\u00edan devuelto a su cara huesuda una agradable acuidad,<br \/>\nblanqueado las arrugas del sol en sus delgadas manos de m\u00fasico.<br \/>\nLos grandes ba\u00fales, la nueva repisa de la chimenea Adam, las tres cajas con muebles,<br \/>\ndiez arcas de libros, ocho cajas de platos, medicinas, provisiones para la casa, dos barriles de<br \/>\ncerveza negra, el violoncelo, y el clavic\u00e9mbalo Shudi de Catherine, restaurado, hab\u00edan salido<br \/>\nquince d\u00edas antes en un barco mercante que llegar\u00eda a N\u00e1poles en dos meses, mientras \u00e9l<br \/>\nviajar\u00eda en un bergant\u00edn arrendado al efecto que le depositar\u00eda junto con los suyos en Boulogne<br \/>\npara emprender un viaje por tierra de similar duraci\u00f3n, con paradas para visitas y<br \/>\ncontemplaci\u00f3n de pintura en Par\u00eds, Ferney, Viena, Venecia, Florencia y Roma.<br \/>\nApoyado en su bast\u00f3n de paseo en el patio del hotel de Street donde se hab\u00edan instalado<br \/>\nsu t\u00edo y su t\u00eda durante aquellas atareadas semanas en Londres, el sobrino del Cavaliere,<br \/>\nCharles, aport\u00f3 su malhumorada presencia a los preparativos finales de dos coches de<br \/>\nviajeros. Todo el mundo suspira de alivio cuando exigentes parientes mayores, que viven en el<br \/>\nextranjero, dan por finalizada su visita. Pero a nadie le gusta que le dejen atr\u00e1s.<br \/>\nCatherine ya se ha instalado con su doncella en el amplio veh\u00edculo, despu\u00e9s de<br \/>\nfortalecerse para el agotador trayecto con una poci\u00f3n de l\u00e1udano y agua ferruginosa. El<br \/>\nsegundo coche, m\u00e1s ancho y bajo, que va detr\u00e1s, lo han cargado con la mayor parte del<br \/>\nequipaje. Los servidores del Cavaliere, reacios a arrugar sus libreas marrones de viaje, se<br \/>\nhac\u00edan los remolones y se afanaban con sus propias y concisas pertenencias. Quedaba a cargo<br \/>\nde los mozos del hotel y de un lacayo empleado de Charles el trepar a lo alto del coche, para<br \/>\ncerciorarse de que la docena aproximada de peque\u00f1os ba\u00fales, cajas, portamantas, el arca con<br \/>\nlencer\u00eda y ropa de cama, el escritorio de \u00e9bano y, finalmente, las bolsas de tela con la ropa del<br \/>\nservicio, quedaban debidamente amarrados con cuerdas y cadenas de hierro en el techo y la<br \/>\nparte trasera. S\u00f3lo el largo embalaje plano, que conten\u00eda tres pinturas que el Cavaliere<br \/>\nacababa de comprar la semana anterior, fue atado al techo del primer carruaje, para<br \/>\nproporcionarle un traslado lo menos agitado posible hasta la barca que esperaba en Dover.<br \/>\nUno de los criados lo supervisaba todo desde abajo con simb\u00f3lica minuciosidad. El carruaje de<br \/>\nla asm\u00e1tica esposa del Cavaliere no deb\u00eda dar tropezones.<br \/>\nMientras, trajeron a toda prisa del hotel otra gran maleta de cuero, casi olvidada, y la<br \/>\nintrodujeron con dificultad en el cargamento que deb\u00eda llevar el coche, que ahora se<br \/>\nbalanceaba y brincaba un poco m\u00e1s. El pariente favorito del Cavaliere pens\u00f3 en el barco<br \/>\nmercante que llevaba en su bodega muchas m\u00e1s maletas con las posesiones de su t\u00edo y que ya<br \/>\npod\u00eda estar tan lejos como C\u00e1diz.<br \/>\nIncluso para aquella \u00e9poca, cuando la m\u00e1s elevada posici\u00f3n social supon\u00eda mayor n\u00famero<br \/>\ny peso de cosas consideradas indispensables para el viajero, el Cavaliere viajaba con un<br \/>\nexcepcional volumen. Pero menor, hasta llegar a la suma de cuarenta y siete grandes arcas,<br \/>\nque cuando hab\u00eda llegado. Uno de los prop\u00f3sitos del viaje del Cavaliere, adem\u00e1s de su deseo<br \/>\nde ver a amigos y parientes y a su querido sobrino, complacer a su a\u00f1orada esposa, renovar<\/p>\n<p>\u00fatiles contactos en la corte, asegurarse de que los secretarios de estado apreciaban mejor la<br \/>\nhabilidad con que representaba los intereses brit\u00e1nicos en aquella corte completamente<br \/>\ndistinta, asistir a reuniones de la Royal Society y vigilar la publicaci\u00f3n en forma de libro de<br \/>\nsiete de sus cartas sobre temas volc\u00e1nicos, era transportar a casa la mayor parte de los<br \/>\ntesoros que hab\u00eda coleccionado \u2014incluyendo setecientos jarrones antiguos (mal denominados<br \/>\netruscos)\u2014 y venderlos. Hab\u00eda efectuado la ronda de visitas familiares y tenido el placer de<br \/>\npasar bastante tiempo con Charles, la mayor parte en la posesi\u00f3n de Catherine en Gales, que<br \/>\nCharles ahora reg\u00eda por \u00e9l. Hab\u00eda impresionado a m\u00e1s de un ministro, o as\u00ed lo consideraba. El<br \/>\nrey le hab\u00eda recibido en dos ocasiones, y en una hab\u00eda cenado a solas con el rey, quien a\u00fan le<br \/>\nllamaba \u00abhermano de leche\u00bb y en enero le hab\u00eda nombrado Caballero de la Orden del Ba\u00f1o,<br \/>\ncosa que \u00e9l, cuarto hijo de una familia, se atrevi\u00f3 a considerar s\u00f3lo un pelda\u00f1o m\u00e1s arriba en<br \/>\nla escalera de t\u00edtulos que conquistar\u00eda por sus propios m\u00e9ritos. Otros miembros de la Royal<br \/>\nSociety le hab\u00edan felicitado por sus osadas haza\u00f1as de observaci\u00f3n a corta distancia del<br \/>\nmonstruo en plena erupci\u00f3n. Hab\u00eda asistido a algunas subastas de pintura y comprado,<br \/>\njuiciosamente. Y el Museo Brit\u00e1nico le hab\u00eda comprado a su vez los jarrones etruscos, el lote<br \/>\ncompleto, as\u00ed como pinturas menores, los collares y pendientes de oro de Herculano y<br \/>\nPompeya, algunas jabalinas y cascos de bronce, dados de \u00e1mbar y marfil, peque\u00f1as estatuas y<br \/>\namuletos, por la gratificante suma de ocho mil cuatrocientas libras (un poco m\u00e1s que la renta<br \/>\nanual de la propiedad de la que Catherine era heredera), a pesar de que la pintura en que<br \/>\nhab\u00eda depositado sus mayores esperanzas segu\u00eda sin venderse. Abandonaba la lasciva y<br \/>\ndesnuda Venus que sosten\u00eda tnunfalmente el arco de Cupido sobre su cabeza, por la que hab\u00eda<br \/>\npedido tres mil libras, en Gales, con Charles.<br \/>\nRegresaba m\u00e1s ligero, as\u00ed como m\u00e1s blanco de tez.<br \/>\nPas\u00e1ndose furtivamente una botella los unos a los otros, los lacayos y el cocinero del<br \/>\nCavaliere charlaban con los mozos en un rinc\u00f3n del patio. Brillaba un sol de septiembre con<br \/>\naureola. Un viento del nordeste hab\u00eda introducido una nube de humo y el olor de carb\u00f3n en<br \/>\nWhitehall, y los impon\u00eda sobre los espesos efluvios habituales de primeras horas de la ma\u00f1ana.<br \/>\nEl matraqueo de otros carruajes, carros, carretillas, diligencias que part\u00edan, se pod\u00eda o\u00edr desde<br \/>\nla calle. Uno de los p\u00f3neys del primer carruaje se mov\u00eda inquieto, y el cochero tiraba de las<br \/>\nriendas del caballo de vara y hac\u00eda sonar el l\u00e1tigo. Charles busc\u00f3 con la mirada a Valerio, el<br \/>\nayuda de c\u00e1mara de su t\u00edo, para imponer el orden de nuevo entre el servicio. Arrugando el<br \/>\nentrecejo, sac\u00f3 su reloj.<br \/>\nUnos minutos m\u00e1s tarde el Cavaliere sali\u00f3 del hotel, le segu\u00edan el obsequioso propietario<br \/>\ny su mujer as\u00ed como Valerio, quien transportaba el viol\u00edn favorito de su amo en un adornado<br \/>\nestuche de piel. Los criados callaron. Charles esper\u00f3 una se\u00f1al, con su alargado rostro que<br \/>\nhab\u00eda adquirido una expresi\u00f3n m\u00e1s atenta de la que ten\u00eda antes, lo que agudiz\u00f3 el parecido<br \/>\nentre ellos. El silencio deferente continu\u00f3 cuando el Cavaliere hizo una pausa, mir\u00f3 hacia el<br \/>\np\u00e1lido cielo, olfate\u00f3 el pestilente aire, sacudi\u00e9ndose distra\u00eddamente una mota de la manga.<br \/>\nLuego se dio vuelta, sonri\u00f3 con labios tensos a su sobrino, quien acudi\u00f3 r\u00e1pidamente a su lado,<br \/>\ny los dos hombres cogidos del brazo se dirigieron al carruaje.<br \/>\nApartando a un lado a Valerio, Charles avanz\u00f3 y abri\u00f3 la puerta para que subiera su t\u00edo,<br \/>\nquien se agach\u00f3, entr\u00f3, luego introdujo el Stradivarius. Mientras el Cavaliere se instalaba en el<br \/>\nasiento de terciopelo verde, \u00e9l se inclin\u00f3 hacia el interior para preguntar, con una atenci\u00f3n e<br \/>\ninter\u00e9s no fingidos, c\u00f3mo se encontraba su t\u00eda, y para pronunciar sus \u00faltimas palabras de<br \/>\ndespedida.<br \/>\nCocheros y postillones est\u00e1n en su lugar. Valerio y los otros criados subieron al carruaje<br \/>\nm\u00e1s grande, que se reequilibr\u00f3 ruidosamente un poco m\u00e1s cerca del suelo. Charles, adi\u00f3s. Se<br \/>\ncierra la ventana al aire infestado de carbonilla, tan peligroso para los asm\u00e1ticos, a los gritos<br \/>\nde la partida y los apremios. Se han abierto las verjas y la oleada de cosas y animales, criados<br \/>\ny amos se vierte sobre la calle.<br \/>\nEl Cavaliere se quit\u00f3 sus guantes ambarinos, movi\u00f3 los dedos. Estaba dispuesto para el<br \/>\nretorno, en realidad esperaba el viaje \u2014le gustaba lo agotador\u2014 y los nuevos encuentros y<br \/>\nadquisiciones que \u00e9ste le deparar\u00eda. La ansiedad de partir se hab\u00eda desvanecido en el instante<br \/>\nen que sub\u00eda al carruaje: se convirti\u00f3 en j\u00fabilo por partir. Pero siendo hombre de sentimientos<br \/>\ndelicados, por lo menos respecto a su esposa, por la que sent\u00eda un afecto que nunca hab\u00eda<br \/>\nsentido por nadie, no expresar\u00eda la creciente dicha que le acomet\u00eda al pasar lentamente,<\/p>\n<p>encerrado, a trav\u00e9s del clamor que estallaba en las calles cada vez m\u00e1s activas. Esperar\u00eda a<br \/>\nCatherine, que hab\u00eda cerrado los ojos y respiraba jadeante con la boca entreabierta.<br \/>\n\u00c9l tosi\u00f3: el sustituto de un suspiro. Ella abri\u00f3 los ojos. La vena azul que palpita en su sien<br \/>\nno es una declaraci\u00f3n. En el rinc\u00f3n, sobre un taburete bajo, autorizada a hablar s\u00f3lo cuando le<br \/>\nhablen, la doncella inclinaba su rosada y h\u00fameda faz sobre Alarm to the Unconverted, de<br \/>\nAlleine, que le hab\u00eda dado su ama. El busc\u00f3 con una mano la bolsa que, en su cadera, conten\u00eda<br \/>\nel doblado atlas de viaje encuadernado en piel, el escritorio de viaje, la pistola y un volumen<br \/>\nde Voltaire que hab\u00eda empezado a leer. No hay raz\u00f3n alguna para que el Cavaliere suspire.<br \/>\nQu\u00e9 extra\u00f1o, murmur\u00f3 Catherine, sentir fr\u00edo en un d\u00eda tan templado. Me temo \u2014ella<br \/>\nten\u00eda tendencia, como fruto del deseo de agradar, a alternar una declaraci\u00f3n estoica con un<br \/>\nalegato de humildad\u2014, me temo que ya me he acostumbrado a nuestros bestiales veranos.<br \/>\nQuiz\u00e1 lleves ropa demasiado gruesa para el viaje, observ\u00f3 el Cavaliere con su voz sonora<br \/>\ny ligeramente nasal.<br \/>\nRezo por no enfermar, dijo Catherine, mientras desplegaba un chal de pelo de camello<br \/>\nsobre sus piernas. Si lo puedo evitar, no enfermar\u00e9, se corrigi\u00f3, sonriendo mientras se pintaba<br \/>\nlos ojos.<br \/>\nTambi\u00e9n yo siento la tristeza de dejar a nuestros amigos y, en especial, a nuestro<br \/>\nquerido Charles, respondi\u00f3 el Cavaliere suavemente.<br \/>\nNo, dijo Catherine, no me siento desdichada por volver. Aunque por una parte me<br \/>\nespantan la traves\u00eda y luego las dificultades de \u2014sacudi\u00f3 la cabeza, se interrumpi\u00f3\u2014&#8230; s\u00e9 que<br \/>\nmuy pronto respirar\u00e9 con m\u00e1s facilidad. El aire&#8230; Cerr\u00f3 los ojos por un momento. Y lo que m\u00e1s<br \/>\nme importa, regresar te hace feliz a ti, a\u00f1adi\u00f3. Echar\u00e9 en falta mi Venus, dijo el Cavaliere.<br \/>\nLa suciedad, el hedor, el ruido son&#8230; como la sombra del carruaje que al pasar oscurece<br \/>\nlos paneles de vidrio de la fachada de los comercios. El carruaje se balancea, salta, cruje, se<br \/>\ntambalea; los vendedores y los portadores de carretillas y los otros cocheros vociferan, pero<br \/>\ncon timbres distintos a los que \u00e9l oir\u00e1; \u00e9stas son las mismas calles familiares por donde<br \/>\npasar\u00eda para asistir a una reuni\u00f3n de la Royal Society, o para intervenir en una subasta, o para<br \/>\nvisitar a su cu\u00f1ado, pero hoy no las recorre hacia sino que las cruza a trav\u00e9s: ha entrado en el<br \/>\nreino de las despedidas, de lo irrevocable, del privilegio de las \u00faltimas miradas que muy pronto<br \/>\nse registran como recuerdos; de la expectaci\u00f3n. Cada calle, cada esquina ruidosa emite un<br \/>\nmensaje: el ya, el pronto ser\u00e1. \u00c9l va a la deriva entre el deseo de mirar, como para grabar las<br \/>\ncosas en su mente, y la inclinaci\u00f3n a confinar sus sentidos en el fr\u00edo carruaje, considerarse<br \/>\n(como es en verdad) ya ido.<br \/>\nAl Cavaliere le gustaban los espec\u00edmenes y pod\u00eda haber encontrado muchos en las ristras<br \/>\nincesantemente reabastecidas de pordioseros, sirvientas, vendedores ambulantes, aprendices,<br \/>\ntenderos, rateros, pregoneros, mozos, recaderos que discurren peligrosamente cerca y entre<br \/>\nbarreras m\u00f3viles y ruedas. Aqu\u00ed, incluso el miserable se afana. Gentes que no se mezclan, no<br \/>\nforman corros, no bailan, no se divierten: una de las m\u00faltiples diferencias entre los habitantes<br \/>\nde aqu\u00ed y los de la ciudad a la que \u00e9l retornaba que valdr\u00eda la pena anotar y ponderar&#8230; si<br \/>\nrealmente hubiera motivo para anotarlas. Pero no era costumbre del Cavaliere reflexionar<br \/>\nsobre el estr\u00e9pito y los empellones de Londres; uno es incapaz de considerar pintoresca su<br \/>\npropia ciudad. Cuando su carruaje estuvo detenido durante un ruidoso cuarto de hora entre<br \/>\nunos tenderetes de fruta y el carro de un airado afilador, no sigui\u00f3 al ciego de cabello rojo que<br \/>\nse hab\u00eda aventurado a cruzar unos metros m\u00e1s adelante, extendiendo su vara ante \u00e9l, sin<br \/>\nprestar atenci\u00f3n a los veh\u00edculos que empezaban a ech\u00e1rsele encima. Aquel interior<br \/>\ntransportable y perfumado, forrado de suficientes aprestos de privilegio como para tener<br \/>\nocupados los sentidos, dice: No mires. No hay nada afuera digno de mirar.<br \/>\nSi no sabe qu\u00e9 hacer con sus \u00e1vidos ojos, tiene aquel otro y siempre adyacente interior:<br \/>\nun libro. Catherine ha abierto un volumen sobre crueldades papales. La doncella se enfrasca<br \/>\nen su alarmante serm\u00f3n. Sin mirar abajo, el Cavaliere pas\u00f3 su pulgar por una suntuosa<br \/>\nencuademaci\u00f3n de piel, el realce dorado del t\u00edtulo y el nombre de su autor favorito. El<br \/>\npordiosero ciego, alcanzado por uno de los carricoches, cae hacia atr\u00e1s y va a parar bajo las<br \/>\nruedas del carromato de un tonelero. El Cavaliere no miraba. Estaba mirando a otra parte.<br \/>\nEn el libro: Candide, ahora en Sudam\u00e9rica, acude caballerosamente, con su escopeta<\/p>\n<p>Tomado de El amante del volc\u00e1n, Susan Sontag, Alfaguara.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por Susan Sontag &nbsp; PRIMERA PARTE 1. Su primer permiso de vuelta a casa hab\u00eda concluido. El hombre que el N\u00e1poles cort\u00e9s conocer\u00eda en adelante como II Cavaliere, el Caballero, principiaba el largo trayecto de vuelta a su puesto, al \u00abreino de las cenizas\u00bb. As\u00ed lo hab\u00eda denominado uno de sus amigos de Londres. 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