﻿{"id":776,"date":"2009-10-14T08:59:27","date_gmt":"2009-10-14T14:59:27","guid":{"rendered":"https:\/\/www.uv.mx\/blogs\/lectores\/?p=776"},"modified":"2012-12-05T16:23:34","modified_gmt":"2012-12-05T22:23:34","slug":"un-encuentro-lejano-con-thomas-mann","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.uv.mx\/blogs\/lectores\/2009\/10\/14\/un-encuentro-lejano-con-thomas-mann\/","title":{"rendered":"Un encuentro lejano con Thomas Mann"},"content":{"rendered":"<div>por Carlos Fuentes<img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignright\" src=\"http:\/\/www.liceus.com\/cgi-bin\/gui\/04\/Thomas%20Mann.jpg\" alt=\"\" width=\"233\" height=\"300\" \/><\/div>\n<div>1.<\/div>\n<div>A principios de 1950, acababa de cumplir 21 a\u00f1os cuando llegu\u00e9 a Suiza para\u00a0continuar sus estudios, tanto en la Universidad de Ginebra como en el Instituto\u00a0de Altos Estudios Internacionales. Trabajaba en la misi\u00f3n de M\u00e9xico ante la\u00a0Organizaci\u00f3n Internacional del Trabajo (OIT) y le serv\u00eda de secretario al\u00a0miembro mexicano de la Comisi\u00f3n de Derecho Internacional de la ONU, el\u00a0embajador Roberto C\u00f3rdova. Todo esto le daba a mi arribo en Suiza un tono\u00a0sumamente formal. Ginebra, como siempre, era una ciudad muy internacional.<\/div>\n<div>Me hice amigo de estudiantes extranjeros, diplom\u00e1ticos y periodistas. Conoc\u00ed a\u00a0una bell\u00edsima estudiante suiza y me enamor\u00e9 de ella, pero nuestros encuentros\u00a0clandestinos fueron interrumpidos por dos casualidades.<\/div>\n<div><!--more--><\/div>\n<div>Primero, fui expulsado de la estricta pensi\u00f3n donde viv\u00eda en la Rue Emile Jung\u00a0por raz\u00f3n de la clandestinidad ya dicha. Segundo, los padres de mi novia le\u00a0ordenaron que dejase de frecuentar a un joven proveniente de pa\u00eds oscuro e\u00a0incivilizado, cuyos h\u00e1bitos, seg\u00fan se contaba, com\u00edan carne humana.<\/div>\n<div>El d\u00eda en que mi novia me cort\u00f3, me consol\u00e9 yendo a un cine de la Rue Mollard<\/div>\n<div>a ve la famosa pel\u00edcula de Carol Reed, \u201cEl tercer hombre\u201d, que en ese\u00a0momento era la m\u00e1s grande atracci\u00f3n f\u00edlmica en todo el mundo. La\u00a0protagonizaba una de las m\u00e1s bellas mujeres que jam\u00e1s se dejaron ver en la\u00a0gran pantalla, Alida Valli (a\u00f1os m\u00e1s tarde mi vecina en San Angel Inn). En \u201cEl\u00a0tercer hombre\u201d, la Valli era una perfecta m\u00e1scara de helada sensualidad y ojos\u00a0claros, llameantes, vengativos.<\/div>\n<div>Lo m\u00e1s importante, sin embargo, era que en la pel\u00edcula actuaba Orson Welles,\u00a0cuyo \u201cCiudadano Kane\u201d yo hab\u00eda visto de ni\u00f1o en Nueva York y que me\u00a0impresion\u00f3 \u2013desde entonces y hasta el d\u00eda de hoy- como la m\u00e1xima pel\u00edcula\u00a0sonora jam\u00e1s realizada en Hollywood. Su belleza formal, la audacia de su\u00a0iluminaci\u00f3n, los \u00e1ngulos de la c\u00e1mara, la atenci\u00f3n al detalle, eran valores todos\u00a0que converg\u00edan para narrar La Gran Historia Norteamericana. El dinero, c\u00f3mo\u00a0ganarlo y c\u00f3mo gastarlo. La felicidad, c\u00f3mo buscarla sin jam\u00e1s encontrarla. El\u00a0poder, c\u00f3mo alcanzarlo y c\u00f3mo perderlo. Kane era al mismo tiempo el sue\u00f1o\u00a0americano y su reverso, la pesadilla norteamericana.<\/div>\n<div>Ahora, en el cinema Mollard, Welles emergi\u00f3 de las sombras de los\u00a0alcantarillados de Viena como el c\u00ednico negociante del crimen, Harry Lime,\u00a0quien justificaba sus actividades ilegales con una frase que se hizo\u00a0universalmente famosa y que afectaba, directamente, a Suiza.<\/div>\n<div>Italia, dijo Harry Lime-Orson Welles, la tierra de los M\u00e9dicis, la corrupci\u00f3n y el\u00a0asesinato pol\u00edtico, hab\u00eda producido a Miguel \u00c1ngel. Suiza, el pa\u00eds de la paz, el\u00a0orden y las vacas, hab\u00eda producido el reloj de cuco.<\/div>\n<div>No recuerdo c\u00f3mo fue recibida esta l\u00ednea por el p\u00fablico ginebrino. S\u00e9 que yo\u00a0me hab\u00eda mudado de la puritana pensi\u00f3n a una buhardilla bohemia en la Place\u00a0du Buorg du Four y desde all\u00ed, junto con un condisc\u00edpulo holand\u00e9s, empec\u00e9 a\u00a0explorar el lado oscuro de la tierra de los cucos, la vida nocturna de Ginebra.<\/div>\n<div>En ella abundaban los sub-Harry Lime en cabar\u00e9s de mala reputaci\u00f3n,\u00a0prostitutas oxigenadas eternamente sentadas con su perritos \u201cpoodle\u201d en el\u00a0Caf\u00e9 Can\u00f3nica y un par de lindas bailarinas que el holand\u00e9s y yo r\u00e1pidamente\u00a0convertimos en amigas \u00edntimas. Mi felicidad se vio un tanto empa\u00f1ada, sin\u00a0embargo, cuando perd\u00ed una cita sabatina con la bailarina, quien me dio la\u00a0respuesta siguiente: \u201cNo, el s\u00e1bado es el d\u00eda de mi marido\u201d.<\/div>\n<div>Ah, el espectro de Calvino. \u00bfNi siquiera las bailarinas de cabar\u00e9 eran m\u00e1s que\u00a0relojes de cuco animados? Despu\u00e9s de todo, \u00bftendr\u00eda raz\u00f3n Harry Lime?\u00a0Hab\u00eda le\u00eddo la novela de Joseph Conrad, \u201cBajo la mirada de Occidente\u201d, antes\u00a0de venir a Ginebra. El libro evocaba para m\u00ed una ciudad de intriga pol\u00edtica,\u00a0hormigueante de exiliados rusos y temibles anarquistas. Pero a\u00fan en la\u00a0atm\u00f3sfera de imvernadero tr\u00e1gico descrita por Conrad, hab\u00eda una similitud con\u00a0la tierra del cuco; la protagonista Sof\u00eda Antonovna, le dice al traidor Razumov:<\/div>\n<div>\u201cRecuerda, Razumov, que las mujeres, los ni\u00f1os y los revolucionarios detestan\u00a0la iron\u00eda\u201d.<\/div>\n<div>\u00bfPudo haber a\u00f1adido, y los suizos tambi\u00e9n? Como mexicano no me gustaban\u00a0las generalizaciones sobre mi pa\u00eds o cualquier otro (salvo los Estados Unidos:<\/div>\n<div>soy puro mexicano). Leyendo a Conrad en Ginebra, s\u00f3lo pude repetir con \u00e9l\u00a0que hay fantasmas vivos as\u00ed como los hay muertos.<\/div>\n<div>2.<\/div>\n<div>Entonces, en el verano de 1950, fui invitado por unos viejos y queridos amigos\u00a0germano-mexicanos, los Wagenecht, a visitarlos a Z\u00farich. Nunca hab\u00eda estado\u00a0en ese ciudad y ten\u00eda la idea preconcebida de que era la corona misma de la<\/div>\n<div>prosperidad suiza que tan brutalmente contrastaba con la otra Europa, la\u00a0convaleciente de la guerra; Londres sujeta a\u00fan a racionamientos de los\u00a0art\u00edculos b\u00e1sicos; Viena ocupada por las cuatro potencias vencedoras, colonia\u00a0bombardeada; Italia, sin calefacci\u00f3n, sus trenes de tercera colmados de\u00a0hombres con pantalones ra\u00eddos cargando maletas atadas con mecates; los\u00a0ni\u00f1os recogiendo colillas de cigarros en las calles de G\u00e9nova, N\u00e1poles, Mil\u00e1n.<\/div>\n<div>Era una bella ciudad, Z\u00farich. Los dulces d\u00edas de junio dejaban escapar el\u00a0aliento moribundo de mayo y anunciaban el inminente calor de julio. Era dif\u00edcil\u00a0separar al lago del cielo, como si las aguas se hubiesen transformado en aire<\/div>\n<div>puro, y el firmamento en un espejo m\u00e1s del lago. Era imposible resistir el\u00a0sentimiento de tranquilidad, dignidad y reserva que hac\u00eda resaltar a\u00fan m\u00e1s la\u00a0belleza f\u00edsica del entorno. Me pregunt\u00e9, \u00bfd\u00f3nde est\u00e1n los gnomos, d\u00f3nde<\/div>\n<div>tienen escondido el oro, en esta ciudad donde se supon\u00eda que los nibelungos\u00a0se hac\u00edan visibles, vestidos de chaqu\u00e9 y con sombreros de copa, como en las\u00a0caricaturas de George Grosz?<\/div>\n<div>He de admitir que mi iron\u00eda potencial, bien fundadas en las riberas del lago\u00a0Leman, se vino abajo una noche en que mis amigos me invitaron a cenar en el\u00a0hotel Baur-au-Lac junto al lago. El restaurante era una balsa, una terraza\u00a0flotante sobre el lago. Se llegaba a \u00e9l por una pasarela. lo iluminaban con\u00a0linternas chinas y velas tr\u00e9mulas. Desdobl\u00e9 mi tiesa servilleta blanca entre el\u00a0tintineo apacible de plata y vidrio, levant\u00e9 la mirada y vi al grupo sentado en la\u00a0mesa de al lado.<\/div>\n<div>Tres damas cenaban con un caballero maduro, un hombre de m\u00e1s de 70 a\u00f1os,\u00a0tieso y elegante como las servilletas almidonadas, vestido con saco blanco\u00a0cruzado e inmaculadas camisa y corbata. Sus dedos largos y delicados\u00a0rebanaban un fais\u00e1n fr\u00edo con minuciosa cortes\u00eda. A\u00fan mientras com\u00eda, parec\u00eda\u00a0envergado como una vela, con una rigidez militar. Su rostro mostraba una\u00a0fatiga creciente. Pero el orgullo fijo en sus labios y mand\u00edbulas\u00a0desesperadamente trataba de ocultar el cansancio. Sus ojos brillaban con el\u00a0fogoso fuego del capricho.<\/div>\n<div>Mientras las luces de carnaval de esa noche de verano en Z\u00farich jugaban con\u00a0luces propias sobre las facciones que al fin reconoc\u00ed, el rostro de Thomas Mann\u00a0era un teatro de emociones calladas, impl\u00edcitas. Com\u00eda y dejaba que las<\/div>\n<div>se\u00f1oras hablasen; \u00e9l era, ante mi fascinada mirada, el creador de tiempos y\u00a0espacios en los que la soledad es la madre de una belleza poco familiar y\u00a0peligrosa, pero tambi\u00e9n el alma de lo perverso e il\u00edcito.<\/div>\n<div>No supe medir la verdad de mi intuici\u00f3n, esa noche de mi juvenil y distante\u00a0encuentro con un autor que, literalmente, hab\u00eda dado forma a los escritores de \u00a0mi generaci\u00f3n. De \u201cLos Buddenbrook\u201d a las grandes novelas cortas a \u201cLa\u00a0monta\u00f1a m\u00e1gica\u201d, Thomas Mann hab\u00eda sido el amarre m\u00e1s seguro de nuestra\u00a0atracci\u00f3n literaria latinoamericana hacia Europa. Porque si Joyce era Irlanda y\u00a0la lengua inglesa y Proust, Francia y la lengua francesa, Mann era m\u00e1s que\u00a0Alemania y la lengua alemana. Como j\u00f3venes lectores de Broch, Musil,\u00a0Schnitzler, Joseph Roth, Kafka, Lernert-Hollenia, sab\u00edamos que la lengua\u00a0alemana era algo m\u00e1s que Alemania; era la lengua de Viena y Praga y Z\u00farich,\u00a0y a veces hasta de Trieste y Venecia. Pero era Mann quien las reun\u00eda todas\u00a0como lenguaje europeo fundado en la imaginaci\u00f3n de Europa, algo m\u00e1s que\u00a0sus partes. A nuestros j\u00f3venes ojos latinoamericanos, Mann era ya lo que un\u00a0d\u00eda Jacques Derrida habr\u00eda de llamar la Europa que es lo que ha sido\u00a0prometido en nombre de Europa. Mirando esa noche a Mann cenando en\u00a0Z\u00farich, se fundieron para siempre en mi cabeza los dos espacios del esp\u00edritu,\u00a0Europa y Z\u00farich. Gracias a este encuentro desencuentro, esa misma noche\u00a0coron\u00e9 a Z\u00farich como la verdadera capital de Europa.<\/div>\n<div>3.<\/div>\n<div>Era curioso. Era impertinente. \u00bfMe atrever\u00eda a acercarme a Thomas Mann, yo,\u00a0un estudiante mexicano de 21 a\u00f1os con muchas lecturas entre pecho y\u00a0espalda, pero con todas las inhabilidades de una sofisticaci\u00f3n social e\u00a0intelectual muy lejos de mis manos? En un ensayo memorable Susan Sontag\u00a0ha recordado c\u00f3mo ella, a\u00fan m\u00e1s joven que yo, penetr\u00f3 el santo de los santos\u00a0de la casa de Thomas Mann en Los \u00c1ngeles en los a\u00f1os cuarenta y descubri\u00f3\u00a0que ten\u00eda bien poco que decir, pero mucho que observar. Yo no ten\u00eda nada que\u00a0decir, pero, como Sontag, mucho que observar.<\/div>\n<div>All\u00ed estaba \u00e9l, la ma\u00f1ana siguiente, en el hotel Dolder donde se hospedaba,\u00a0vestido todo de blanco, digno hasta un punto menos que la rigidez, pero con\u00a0ojos m\u00e1s alertas y horizontales que la noche anterior. Varios hombres j\u00f3venes<\/div>\n<div>jugaban tenis en las canchas, pero \u00e9l s\u00f3lo ten\u00eda ojos para uno de ellos, como si\u00a0\u00e9ste fuese el Elegido, el Apolo del deporte blanco. Ciertamente, era un joven\u00a0muy bello, de no m\u00e1s de 20 a\u00f1os, 21 acaso; mi propia edad. Mann no pod\u00eda<\/div>\n<div>quitarle de encima los ojos al muchacho y yo no pod\u00eda quitarle la mirada a\u00a0Mann. Estaba presenciando una escena de \u201cLa muerte en Venecia\u201d, s\u00f3lo que\u00a038 a\u00f1os m\u00e1s tarde, cuando Mann ya no ten\u00eda 37 (su edad al escribir la novela<\/div>\n<div>maestra sobre el deseo sexual), sino 75, m\u00e1s viejo a\u00fan que el afligido\u00a0Aschenbach enamorando de lejos al joven Tadzio en la playa de Lido \u2013donde\u00a020 a\u00f1os de ver a Mann en Z\u00farich, vi a Luchino Visconti, en compa\u00f1\u00eda de Carlos\u00a0Monsiv\u00e1is, filmar \u201cLa muerte en Venecia\u201d con una mujer que asum\u00eda todas las\u00a0bellezas y todos los deseo, incluso los de la androginia, Silvana Mangano-.<\/div>\n<div>En Z\u00farich aquella ma\u00f1ana, la situaci\u00f3n se repet\u00eda, asombrosa, famosa,\u00a0dolorosa. El circunspecto hombre de letras, el Premio Nobel de Literatura,\u00a0Mann el septuagenario, no pod\u00eda esconder ni de m\u00ed ni de nadie m\u00e1s, su deseo\u00a0apasionado por un muchacho de 20 a\u00f1os que jugaba tenis en una cancha del\u00a0hotel Dolder una radiante ma\u00f1ana de junio del lejano 1950 en Z\u00farich. Entonces,\u00a0una mujer joven lleg\u00f3 hasta donde se encontraba su padre, pareci\u00f3 rega\u00f1arlo\u00a0cari\u00f1osamente, lo oblig\u00f3 a abandonar su apasionada avanzada y regresar con\u00a0ella a la vida de todos los d\u00edas, no s\u00f3lo la del hotel, sino la de este autor\u00a0inmensamente disciplinado cuyos impulsos dionisiacos eran siempre\u00a0controlados por el dictado apol\u00edneo de gozar la vida s\u00f3lo a condici\u00f3n de darle\u00a0forma.<\/div>\n<div>Para Mann, lo vi esa ma\u00f1ana, la forma art\u00edstica preced\u00eda a la carne prohibida.\u00a0La belleza se encontraba en el arte, no en el prematuro cad\u00e1ver de nuestros\u00a0deseos informes, pasajeros, al cabo corruptos. Fue para m\u00ed un momento\u00a0dram\u00e1tico, inolvidable: un comentario verdadero sobre la vida y la obra de\u00a0Thomas Mann, el arribo de su hija Erika, visiblemente burlona ante las\u00a0debilidades er\u00f3ticas de su padre, suavemente empuj\u00e1ndolo de regreso, no al\u00a0orden de \u201ccucolandia\u201d, sino al orden del esp\u00edritu, de la literatura, de la forma\u00a0art\u00edstica, donde Thomas Mann pod\u00eda tener el 20 y las chanchas, ser el due\u00f1o, y\u00a0no el juguete, de sus emociones.<\/div>\n<div>Me sent\u00e9 a almorzar con mis amigos germano-mexicanos en el comedor del\u00a0Dolder. El joven que nos sirvi\u00f3 la mesa era el mismo al cual Mann hab\u00eda estado\u00a0admirando esa ma\u00f1ana. No hab\u00eda tenido tiempo de ba\u00f1arse y ol\u00eda ligeramente\u00a0a sudor saludable y deportivo. El capit\u00e1n de meseros se dirigi\u00f3,\u00a0imperiosamente, a \u00e9l, Franz, y el muchacho corri\u00f3 hacia otra mesa.<\/div>\n<div>4.<\/div>\n<div>De manera que hab\u00eda un misterio en Z\u00farich, algo m\u00e1s que relojes de cuco.\u00a0Hab\u00eda iron\u00eda. Y rebeli\u00f3n. Hab\u00eda el Caf\u00e9 Voltaire y el nacimiento de Dada, en\u00a0medio de la m\u00e1s sangrienta guerra jam\u00e1s librada en suelo europeo. Hab\u00eda<\/div>\n<div>Trist\u00e1n Tzara pint\u00e1ndole un viol\u00edn al racionalismo: el pensamiento proviene de\u00a0la boca. Y Francis Picabia convirtiendo las tuercas en arte. Z\u00farich dici\u00e9ndole a\u00a0un mundo hip\u00f3crita, decadente y manchado de sangre en las trincheras en aras<\/div>\n<div>de una racionalidad superior: \u201cTodo lo que vemos es falso\u201d. De tan sencilla\u00a0premisa, murmurada desde el Caf\u00e9 Voltaire por el impertinente Tzara y su\u00a0mon\u00f3culo, surgi\u00f3 la revoluci\u00f3n de la vista y el sonido y el humor y el sue\u00f1o y el\u00a0escepticismo que al cabo enterraron la autosatisfacci\u00f3n de la Europa\u00a0decimon\u00f3nica, pero no pudieron enterrar la barbarie por venir. \u00bfNo era a\u00fan\u00a0Europa, no lo ser\u00eda jam\u00e1s, lo que hab\u00eda sido prometido en nombre de Europa?<\/div>\n<div>\u00bfSer\u00eda Europa tan s\u00f3lo la noche y niebla de Treblinka y Dachau? S\u00f3lo si\u00a0aceptamos que todo lo que vino de Z\u00farich \u2013Duchamp y los surrealistas, Hans\u00a0Richter y Luis Bu\u00f1uel, Picasso y Max Ernst, Arp, Magritte, Man Ray- no eran lo<\/div>\n<div>que hab\u00eda sido prometido en el nombre de Europa. Pero lo era. Lo que siempre\u00a0fue prometido en el nombre de Europa fue la cr\u00edtica de Europa, la advertencia\u00a0contra de Europa contra su propia arrogancia, su complacencia y su confusa<\/div>\n<div>sorpresa cuando al cabo ca\u00edan los golpes de la adversidad. Fue la advertencia\u00a0que hicieron los artistas de Z\u00farich en 1916. Deber\u00eda, de nuevo, ser la\u00a0advertencia, hoy que los fantasmas del racismo, la xenofobia, el antisemitismo,<\/div>\n<div>y el antiislamismo levantan la cabeza y nos recuerdan las palabras de Conrad\u00a0en \u201cBajo la mirada de Occidente\u201d: \u201cHay fantasmas de los vivos as\u00ed como\u00a0fantasmas de los muertos\u201d.<\/div>\n<div>\u00bfQui\u00e9n hab\u00eda visto a estos espectros, qui\u00e9n los hab\u00eda pintado, qui\u00e9n les hab\u00eda\u00a0dado horror corp\u00f3reo? Otro ciudadano de Z\u00farich, Fussli, el m\u00e1s grande de los\u00a0pintores prerrom\u00e1nticos, Fussli que hab\u00eda encarnado, desde el siglo XVIII,<\/div>\n<div>todos los temas de la noche oscura del alma rom\u00e1ntica tal y como lo describi\u00f3\u00a0Mario Praz en su celebrado libro, \u201cLa agon\u00eda rom\u00e1ntica\u201d. Fussli y \u201cLa Belleza\u00a0Dame Sans Merci\u201d, Fussli y \u201cLa Belleza de la Medusa\u201d, Fussli y las<\/div>\n<div>\u201cMetamorfosis de Satan\u00e1s\u201d, Fussli y la advertencia de Andr\u00e9 Gide: \u201cNo creer en\u00a0el Diablo es darle todas las ventajas de sorprendernos\u201d. El agua bautismal del\u00a0romanticismo \u2013la belleza de lo horrible- proviene de Fussli, ciudadano de<\/div>\n<div>Z\u00farich. Las tinieblas desbaratadas por una luz inalcanzable. La alegr\u00eda del\u00a0crimen practicada por el anticuco Harry Lime. El Hombre Fatal y la Mujer Fatal\u00a0que han fascinado nuestras imposibles imaginaciones, de Lord Byron a James<\/div>\n<div>Dean, de Salom\u00e9 a Greta Garbo.<\/div>\n<div>Z\u00farich, \u00bfurna de los arquetipos del mundo moderno? \u00bfPor qu\u00e9 no, desde un\u00a0ampl\u00edsimo punto de mira? James Joyce cant\u00f3 canciones coloradas en el Caf\u00e9\u00a0Terrasse, jugando con las palabras con la anticipatoria alegr\u00eda de \u201cUlises\u201d, su<\/div>\n<div>\u201cwork in progress\u201d. Lenin asisti\u00f3 asiduamente al Caf\u00e9 Ode\u00f3n antes de partir a\u00a0Rusia en un vag\u00f3n de ferrocarril famosamente sellado. \u00bfSe conoci\u00f3 la pareja\u00a0s\u00f3lo en la obra de Tom Stoppard, s\u00f3lo en la memoria de Samuel Beckett? \u00bfNo\u00a0caminaron todos estos fantasmas sobre las agua \u00a0del lago de Z\u00farich?\u00a0Y sin embargo, para m\u00ed, tan deslumbrante como la pintura de Fussli y tan\u00a0asombrosas como las bromas de Dada, tan tensamente opuestas como la vida<\/div>\n<div>de Z\u00farich y las de Joyce y Lenin puedan serlo, es siempre Mann, Thomas\u00a0Mann, el buen europeo, el europeo contradictorio, el europeo cr\u00edtico, quien\u00a0regresa a mi emoci\u00f3n y a mi cabeza como la figura que m\u00e1s asocio con la<\/div>\n<div>ciudad de Z\u00farich.<\/div>\n<div>5.<\/div>\n<div>\u00bfCu\u00e1ntas veces estuvo all\u00ed? \u00bfC\u00f3mo separar a Mann de Z\u00farich? \u00a0Qu\u00e9 larga fue<\/div>\n<div>su vida all\u00ed, yendo y viniendo de su vida en Kusnacht a sus casas en Erlenbach\u00a0y Kilchberg; los lugares de reposo, los sitios del trabajo. Pero tambi\u00e9n hay que\u00a0recordar a Z\u00farich en las cumbres de la vida de Mann. La visita de 1921, cuando<\/div>\n<div>el autor se atrevi\u00f3 a aumentar a mil marcos sus honorarios por dar una\u00a0conferencia. La lectura a los estudiantes, en 1926, de pasajes de \u201cDesorden y\u00a0penas tempranas\u201d. La festiva celebraci\u00f3n en 1936 de sus 60 a\u00f1os, cuando\u00a0Mann escogi\u00f3 a Z\u00farich no como sitio extranjero, sino como patria para un\u00a0alem\u00e1n de mi condici\u00f3n. Z\u00farich como antigua sede de cultura germ\u00e1nica, all\u00ed\u00a0donde lo germ\u00e1nico se junta con lo europeo. La inquietante visita en 1937, al\u00a0filo de la noche y niebla nazis, preparando la \u201cCarlota en Weimar\u201d como el\u00a0desesperado intento de una nueva \u201cAufkl\u00e4rung\u201d, una nueva Ilustraci\u00f3n,\u00a0pasando por alto la negativa de Gerhard Hauptmann de saludarlo con una\u00a0filos\u00f3fica espera de \u201cotros tiempos\u201d, acaso tiempos mejores. Tratando de salvar\u00a0a su hijo Klaus Mann del mundo de las drogas, un mundo, escribi\u00f3, \u201cdonde el\u00a0esfuerzo moral&#8230; no recibe gratitud alguna\u201d.<\/div>\n<div>Y luego el Thomas Mann que regresa a Z\u00farich despu\u00e9s de la guerra y empieza\u00a0una actividad incesante, como si la edad y la fatiga no contasen. El cuarto de\u00a0hotel en el Baur-au-Lac constantemente invadido por el correo, las solicitudes<\/div>\n<div>de entrevistas, los pedruscos de la gloria en las botas del escritor,\u00a0acumul\u00e1ndose hasta constituir un estorbo insoportable. Y el reposo en la \u00a0belleza de un muchacho anhelado, la espera de una sola palabra del joven y la<\/div>\n<div>convicci\u00f3n de que nada, nada en este mundo, puede devolverle el poder del\u00a0amor a un viejo&#8230;<\/div>\n<div>Y cuando, el 15 de agosto de 1955, el trono qued\u00f3 vac\u00edo, yo mir\u00e9 de vuelta\u00a0hacia aquel encuentro fortuito en Z\u00farich durante la primavera de 1950 y escrib\u00ed:<\/div>\n<div>\u201cThomas Mann hab\u00eda logrado, a partir de su soledad, el encuentro de la<\/div>\n<div>afinidad anhelada entre el destino personal del autor y el de sus<\/div>\n<div>contempor\u00e1neos\u201d. A trav\u00e9s de \u00e9l, yo hab\u00eda imaginado que los productos de su<\/div>\n<div>soledad y de su afinidad se llamar\u00edan arte (creado por uno solo) y civilizaci\u00f3n<\/div>\n<div>(creada por todos). Habl\u00f3 con tanta seguridad, en \u201cLa muerte en Venecia\u201d,<\/div>\n<div>acerca de las tareas que le impon\u00edan su propio ego y el alma europea que yo,\u00a0paralizado por la admiraci\u00f3n, lo vi de lejos aquella noche en Z\u00farich sin poder\u00a0imaginar una afinidad comparable en nuestra propia cultura latinoamericana,<\/div>\n<div>donde las exigencias extremas de un continente saqueado, a menudo\u00a0silenciado, a menudo tambi\u00e9n matan las voces del ser y convierten en un\u00a0monstruo pol\u00edtico hueco la de la sociedad, a veces mat\u00e1ndola, o pariendo a un\u00a0enano sentimental y, a veces, lastimoso.<\/div>\n<div>No obstante, cuando recordaba mi apasionada lectura de todo lo que Thomas\u00a0Mann escribi\u00f3, de \u201cLa sangre de los Walsung\u201d al \u201cDoctor Fausto\u201d, no pod\u00eda sino\u00a0sentir que, a pesar de las vastas diferencias entre su cultura y la nuestra, en<\/div>\n<div>ambas \u2013Europa, la Am\u00e9rica Latina; Z\u00farich, la ciudad de M\u00e9xico- la literatura al\u00a0cabo se afirmaba a s\u00ed misma a trav\u00e9s de una relaci\u00f3n entre los mundos visibles\u00a0e invisibles de la narrativa, entre la la naci\u00f3n y la narraci\u00f3n. Una novela, dijo<\/div>\n<div>Mann, deber\u00eda recoger los hilos de muchos destinos humanos en la urdimbre\u00a0de una sola idea. El Yo, el T\u00fa y el Nosotros estaban secos y separados por\u00a0nuestra falta de imaginaci\u00f3n. Entend\u00ed estas palabras de Mann y pude unir las<\/div>\n<div>tres personas para escribir, a\u00f1os m\u00e1s tarde, una novela, \u201cLa muerte de Artemio\u00a0Cruz\u201d.<\/div>\n<div>6.<\/div>\n<div>Entonces los a\u00f1os cincuenta se extraviaron en los sesenta y nos hicimos cargo\u00a0de otro ciudadano de Z\u00farich, Max Frisch y \u201cYo no soy Stiller\u201d. Nos enteramos\u00a0de Friederich D\u00fcrrenmatt y su \u201cVisita\u201d. Incluso nos dimos cuenta de que hasta<\/div>\n<div>Jean-Luc Godard era suizo y de que el proverbial cuco estaba tan muerto como\u00a0el tambi\u00e9n proverbial pato anglosaj\u00f3n por el igualmente proverbial clavo\u00a0hisp\u00e1nico. Harry Lime sali\u00f3 de las alcantarillas y se volvi\u00f3 gordo y\u00a0complaciente, anunciando \u201cwine before its time\u201d. Pues incluso \u00e9l, Welles, hab\u00eda\u00a0sufrido la suerte de Kane, indulgente pero tr\u00e1gico. Acaso dej\u00f3 trazos de su\u00a0inmenso talento en manos de los duros, tr\u00e1gicos, implacables escritores suizos\u00a0como Frisch y D\u00fcrrenmatt, aquellos que para Harry Lime hab\u00edan sido ni m\u00e1s ni\u00a0menos que relojes de cuco.<\/div>\n<div>7.<\/div>\n<div>Tengo dos finales distintos para mi historia de Z\u00farich. Uno es m\u00e1s cercano a mi\u00a0edad y a mi cultura. Es la imagen del escritor espa\u00f1ol Jorge Sempr\u00fan,\u00a0republicano y comunista, enviado a edad de 15 a\u00f1os al campo de\u00a0concentraci\u00f3n nazi de Buchenwald y que, al ser liberado por las tropas aliadas\u00a0en 1945, no fue capaz de reconocerse a s\u00ed mismo en el joven demacrado,\u00a0salvado de la muerte, que no hablar\u00eda de su dolorosa experiencia hasta que su\u00a0rostro le dijese: \u201cPuedes volver a hablar\u201d.<\/div>\n<div>Lo que hace Sempr\u00fan en su notable libro, \u201cLa escritura o la vida\u201d, es esperar\u00a0pacientemente hasta que una vida plena le sea restaurada, aunque le tome\u00a0d\u00e9cadas (y se las toma) antes de hablar sobre el horror de los campos.<\/div>\n<div>Entonces, un d\u00eda en Z\u00farich, se atreve a entrar a una librer\u00eda por primera vez\u00a0desde de su liberaci\u00f3n a\u00f1os atr\u00e1s y se sorprende mir\u00e1ndose a s\u00ed mismo en la\u00a0vitrina del comercio. Z\u00farich le ha devuelto su rostro. No necesita recobrar el<\/div>\n<div>horror. Recuperar el rostro ha bastado para contarnos toda la historia. La vida\u00a0de Z\u00farich le rodea.<\/div>\n<div>El otro final est\u00e1 m\u00e1s cerca de mi propia memoria. Sucedi\u00f3 esa noche de 1950\u00a0cuando, sin que \u00e9l lo supiera, dej\u00e9 a Thomas Mann saboreando su \u201cdemi-tasse\u201d\u00a0mientras la medianoche se aproximaba y el restaurante flotante del Baur-au-\u00a0Lac se bamboleaba ligeramente y las linternas chinas se iban apagando\u00a0lentamente.<\/div>\n<div>Siempre le quedar\u00e9 agradecido a esa noche en Z\u00farich por haberme ense\u00f1ado,\u00a0en silencio, que en la literatura s\u00f3lo se sabe lo que se imagina.<\/div>\n<div>[publicado en el diario El Pa\u00eds, Espa\u00f1a, 24 de junio de 1998]<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>por Carlos Fuentes 1. A principios de 1950, acababa de cumplir 21 a\u00f1os cuando llegu\u00e9 a Suiza para\u00a0continuar sus estudios, tanto en la Universidad de Ginebra como en el Instituto\u00a0de Altos Estudios Internacionales. Trabajaba en la misi\u00f3n de M\u00e9xico ante la\u00a0Organizaci\u00f3n Internacional del Trabajo (OIT) y le serv\u00eda de secretario al\u00a0miembro mexicano de la Comisi\u00f3n [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":1304,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[3,5,1,11],"tags":[],"class_list":["post-776","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-articulos-relacionados-con-la-literatura","category-blogroll","category-general","category-homenaje-a"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.uv.mx\/blogs\/lectores\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/776","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.uv.mx\/blogs\/lectores\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.uv.mx\/blogs\/lectores\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.uv.mx\/blogs\/lectores\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1304"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.uv.mx\/blogs\/lectores\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=776"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.uv.mx\/blogs\/lectores\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/776\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.uv.mx\/blogs\/lectores\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=776"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.uv.mx\/blogs\/lectores\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=776"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.uv.mx\/blogs\/lectores\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=776"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}