{"id":281,"date":"2015-05-07T19:32:30","date_gmt":"2015-05-08T00:32:30","guid":{"rendered":"http:\/\/www.uv.mx\/personal\/racmartinez\/?p=281"},"modified":"2017-05-13T00:10:09","modified_gmt":"2017-05-13T05:10:09","slug":"la-broma-de-praga","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.uv.mx\/personal\/racmartinez\/2015\/05\/07\/la-broma-de-praga\/","title":{"rendered":"La broma de Praga"},"content":{"rendered":"<p><span style=\"font-size: 12pt\"><strong>Un gigante sueco<\/strong> y un psicoanalista esloveno conduc\u00edan sendos taxis de lujo en el coraz\u00f3n de la Ciudad Vieja en Praga. Los taxis no eran de los amarillos, como recomendaban sinceramente los folletos de las agencias de viaje. Ronald Niedermann ven\u00eda de Estocolmo, Suecia, huyendo de Lisbeth Salander; portaba un su\u00e9ter de paca blanca con cuello de tortuga y encima una chamarra de piel oscura que daba la sensaci\u00f3n de estar a punto de reventarse. Mientras que Slajov Zizek, cansado de ser un redactor <em>multitask<\/em>, llevaba puesta una gabardina azul, decolorada, un chaleco guinda de estambre y una camisa mostaza diluida del cuello, y ven\u00eda de Liubliana, Eslovenia.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 12pt\">Niedermann y Zizek ve\u00edan a los turistas que compraban en las tiendas de marca como Gucci y Cartier en pleno coraz\u00f3n del barrio jud\u00edo. Aparte de las bolsas de dise\u00f1o, las c\u00e1maras fotogr\u00e1ficas y la compulsi\u00f3n por caminar sin un proceso mim\u00e9tico adecuado, Ronald y Slajov sab\u00edan a la perfecci\u00f3n qui\u00e9n llevaba en la frente una tarjeta que dijera \u201c\u00a1Est\u00e1fame!\u201d, como esas que se utilizan en las llegadas de los aeropuertos para identificar al huero visitante. Y a eso se dedicaban en un cuadro de la ciudad checa en donde, de pronto, cualquiera puede transformarse al amanecer, y sin raz\u00f3n, en un bicho.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 12pt\">Mi esposa y yo ven\u00edamos del Hoffmeister, hotel spa que se ubica a un costado del Castillo. El paseo nocturno no ten\u00eda ning\u00fan inconveniente, y menos en fin de a\u00f1o, donde el fr\u00edo empezaba a apretar a las parejas de guiris que insist\u00edan en conocer los meandros del r\u00edo Moldava en sus ins\u00f3litos rincones g\u00f3ticos, como si fuesen protagonistas de una escena on\u00edrica de Brian de Palma en <em>Misi\u00f3n imposible<\/em>.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 12pt\">S\u00ed, ven\u00edamos del Castillo, de ver la peque\u00f1\u00edsima casa de Franz Kafka en la Callejuela del Oro n\u00famero 22, y nos dispon\u00edamos a disfrutar del Teatro Negro. Los boletos los compr\u00e9 a Pavel Nedved, quien entusiasta me sugiri\u00f3 en ingl\u00e9s que de una vez los adquiriese porque en taquilla luego ya no alcanzar\u00eda. Le cre\u00ed. Adem\u00e1s me distraje de su discurso al ver la chamarra de globo italiana, negra, fres\u00edsima, que se pon\u00eda en la banca de la Juventus. De tal forma que no precis\u00e9 el lugar de la funci\u00f3n.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 12pt\">Me confi\u00e9 entonces y nos dimos la oportunidad de registrar unas postales fotogr\u00e1ficas con la ipad y los tel\u00e9fonos celulares. Las tomas eran con el Puente Carlos de fondo. Tambi\u00e9n estaba emocionado por las g\u00e1rgolas de la iglesia de San Vito, por el Judas que perd\u00eda la lengua a manos del Diablo, pero sobre todo por la compra de un golem tama\u00f1o miniatura. En efecto, adquir\u00ed un golem de metal, un mito de escasos cinco cent\u00edmetros \u2013diametralmente opuesto a lo imaginado\u2013, que se le mueven piernas y brazos, en Kolos Alchemist, que se un\u00eda a otro golem que compr\u00e9 de arcilla y a un librito que explica la leyenda del rabino Lowe. Digamos de paso que estos golem se integran a una colecci\u00f3n donde est\u00e1 un Tl\u00e1loc de trapo folcl\u00f3rico y un triceratopo de lana rosada confeccionado en San Juan Chamula, Chiapas.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 12pt\">Inclusive pasamos de rapidito a la tienda de chunches de la Fundaci\u00f3n Kafka para diagramar eventuales compras de p\u00e1nico que inclu\u00edan una bell\u00edsima edici\u00f3n biling\u00fce de <em>La Metamorfosis<\/em> e infinidad de bromas de Fun explosive jugando con la identidad intelectual de la regi\u00f3n.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 12pt\">Ten\u00edamos tiempo de sobra para recorrer los escasos cien metros donde, seg\u00fan yo, estaba el teatro. Cuando llegamos al foro, una casa vieja con equipamiento moderno, el taquillero a se\u00f1as me dijo que all\u00ed no era la funci\u00f3n sino en otro lado. Y s\u00f3lo restaban cinco minutos. Lo f\u00e1cil: tomar un taxi \u2013que fuera amarillo\u2013; pero, lo complicado: como toda cascada de mala suerte, no ten\u00edamos dinero para pagarlo, pues todo lo cubrimos con tarjeta (como el excelso abrigo Boss que me cost\u00f3 menos de cuatro mil pesos).<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 12pt\">De pronto no hab\u00eda cajeros, ni uno, en la calle de las m\u00e1s prestigiadas marcas de la moda europea. Bueno, hab\u00eda uno, escondido, que nos dio, por cierto, puro billete de mil coronas. Por fin vimos una luz al final del t\u00fanel y corrimos por el dichoso taxi que no era amarillo sino negro.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 12pt\">Ah\u00ed estaban Niedermann y Zizek, que reci\u00e9n hab\u00eda llevado a Olga, la musa pretendiente de Nathan Zuckerman, ya vetarra, a una org\u00eda con exagentes del estado estalinista de Checoslovaquia.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 12pt\">Las manazas de Ronald inflig\u00edan temor: rubio todo, casi albino, con ceja oscura. Mejor nos subimos con el venerable Zizek que, de cualquier manera, tambi\u00e9n era chofer de un taxi negro de lujo. Daba igual. Ya para esto ten\u00edamos el tiempo encima y no quer\u00edamos desaprovechar la ocasi\u00f3n para conocer el Teatro Negro.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 12pt\">Le indiqu\u00e9 la direcci\u00f3n y Zizek, calmo, tom\u00f3 el apunte y la escribi\u00f3 en el tablero de su GPS que lo detect\u00f3 de inmediato. Sospech\u00e9 todo cuando sali\u00f3 por la sinagoga de la zona de Ciudad Vieja y vi como r\u00e1faga el caf\u00e9 Savoy. Pens\u00e9 que nos raptar\u00eda el fil\u00f3sofo y que nos llevar\u00eda a la periferia para sufrir una pesadilla tipo la cinta <em>Hostal<\/em> o que se pondr\u00eda a leernos algunas cr\u00edticas a Hegel y Lacan y nosotros en actitud de <em>Naranja mec\u00e1nica<\/em> de Stanley Kubrick. Sin embargo, dio vuelta y en tres cuadras ya est\u00e1bamos pasando por Rodolfium, donde tocan a Mozart, uno de los hijos adoptivos predilectos de la Rep\u00fablica Checa.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 12pt\">De lado derecho alcanc\u00e9 a notar el p\u00f3rtico del Puente Carlos y vir\u00f3 Zizek a la izquierda en la siguiente cuadra, con el GPS nos puso en la calle Narodni, vimos el Teatro Nacional, alma m\u00e1ter de la \u00f3pera, y nos detuvimos en una modesta placita como si fuese el pasaje Enr\u00edquez, en cuyo subterr\u00e1neo daban la funci\u00f3n de <em>Life is life.<\/em><\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 12pt\">Le pregunt\u00e9 a Zizek cu\u00e1nto era la tarifa y me dijo que quinientas coronas. Me vi entonces en un callej\u00f3n: saqu\u00e9 un billete de mil coronas y se lo puse en la mano. De su gabardina desgastada sac\u00f3 una cartera, con todo sigilo la revis\u00f3 y tom\u00f3 un billete, de quinientas, mi cambio. Era caf\u00e9 la cartera. Zizek volte\u00f3 y me mir\u00f3 a los ojos. Me entr\u00f3 la duda si era el verdadero int\u00e9rprete de la vigilia de Hitchcock. Me pareci\u00f3 que m\u00e1s que a Zizek al que ten\u00eda frente a m\u00ed era Emir Kusturica. Ten\u00eda el cabello sebocito, como el director de <em>Tiempo de gitanos<\/em> despu\u00e9s de entrevistar a Maradona. Record\u00e9 una foto del popular Zizek donde sus ojos tristes rimaban con la barba oblonga y desali\u00f1ada. El taxista de marras ten\u00eda una mirada m\u00e1s de mafioso de <em>8mm<\/em>. Y hasta pens\u00e9 que no ten\u00eda barba.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 12pt\">Puso en mi mano el billete de 500 sin dejar de mirarme. Le sostuve la mirada para que no oliera mi miedo. S\u00f3lo advert\u00ed de reojo el n\u00famero 500 del billete y lo introduje en mi cartera, tambi\u00e9n caf\u00e9. Le di las gracias y me centr\u00e9 en correr para disfrutar la funci\u00f3n de Teatro Negro, en donde no hab\u00eda ni veinte personas para un espect\u00e1culo perfecto de luces fosforescentes. En medio de los pasajes de <em>Life es life,<\/em> pens\u00e9 en la bondad del universo que nos propone el director de <em>El gran Hotel Budapest<\/em>, Wes Anderson, y en que a mi padre le gustaba mucho Stefan Zweig \u2013y me puse a leer <em>Fouch\u00e9<\/em>\u2013. Y al mismo tiempo hice mi cuentita: de la zona de Ciudad Vieja al teatro en la calle Narodni son, cuando m\u00e1s, diez cuadras entre chicas, medianas y largas. En tiempo hicimos siete minutos. Las coronas valen como la mitad de los pesos. Es decir, pagu\u00e9 250 pesos por una corrida de, \u00bfqu\u00e9 te gusta?, \u00bfochenta o cien pesos?<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 12pt\">El espect\u00e1culo recuerda muchas t\u00e9cnicas visuales que permiten suplir la carencia de recursos de producci\u00f3n. Se trata de una base t\u00e9cnica que instaur\u00f3 el mismo George Meli\u00e9s, que con sus selenitas en <em>Viaje a la Luna<\/em>, dejaba en claro la utilidad de la caja negra. Se trata de un orden f\u00edsico tremendo donde la palabra queda atr\u00e1s. Eso nos fascin\u00f3 del Teatro Negro: la tarea muda para un decir vasto. Asimismo, tambi\u00e9n record\u00e9 los dibujos de Kafka, sobre todo el escritor tendido en un escritorio, que no era otra cosa que Teatro Negro. Max Brod titul\u00f3 varios de los dibujos de Kafka como \u201cmarionetas negras que penden de hilos invisibles\u201d.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 12pt\">Por ello decidimos olvidar el incidente que nos demor\u00f3 la llegada al teatro de la calle Narodni y nos fuimos a cenar a un restaurante italiano en el puente que nos conecta a la zona del Castillo. En el restaurante nos sirvieron una deliciosa pasta con mariscos y de fondo musical ten\u00edamos a Billy Joel, que siempre se aparece sin pedir permiso por estos lares de un Oriente socialista prohibido anteriormente para el g\u00e9nero del rock.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 12pt\">Los alimentos y el vino nos dieron todav\u00eda energ\u00eda para un pase\u00edllo antes de llegar a las faldas del Castillo. Las embajadas, con sus antiguas pero s\u00faper cuidadas construcciones, contrastaban con la mara\u00f1a de tejados de Ciudad Vieja, encimados, como conectados secretamente, \u00f3rganos de cemento y chimeneas que se amontonan como escenograf\u00eda inclinada del expresionismo alem\u00e1n. Toda la est\u00e9tica de <em>El gabinete del doctor Caligari<\/em> se entiende aqu\u00ed, en una ciudad con un barroquismo cabal\u00edstico que tiene que ver con una lucha de resistencia entre la historia, la econom\u00eda paup\u00e9rrima, los tiranos, el imperio, el absurdo r\u00e9gimen comunista y la propia resistencia al clima inmisericorde cuando se trata del invierno.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 12pt\">Al otro d\u00eda, muy temprano, fuimos a la casa donde naci\u00f3 Kafka. En la antigua calle de Niklas la casucha de dos pisos estaba en los bordes del gueto de Praga. Ahora hay un caf\u00e9 y enfrente, en las noches, venden vino caliente sabros\u00edsimo, con aros de pan azucarados tambi\u00e9n sabroso. Por su cercan\u00eda, los cronistas de Praga presumen que la casa de Kafka en alg\u00fan momento funcion\u00f3 como sede de la prelatura de los benedictinos eslavos que ten\u00edan su iglesia muy cerca, a una cuadra y media: la iglesia de San Nicol\u00e1s.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 12pt\">Para no variar, siempre que viajamos le compro un rosario a mi madre. De palo de rosa, de pl\u00e1stico, salpicados en plata, o de lo que sea, el chiste es que ella se sienta satisfecha con tener algo sagrado del lugar. As\u00ed como yo busqu\u00e9 incunables de Kafka, pues ella igual con sus rosarios. La iglesia de San Nicol\u00e1s no exhibe las riquezas de una casta eclesi\u00e1stica, es muy modesta en relaci\u00f3n con el resto de las iglesias en Praga, sobre todo si la comparamos con la que se encuentra dentro del Castillo. En San Nicol\u00e1s compr\u00e9 los chunches religiosos y entonces pagu\u00e9 con los billetes de coronas. El se\u00f1or que me recibi\u00f3 el dinero me se\u00f1al\u00f3 que no quer\u00eda el billete de quinientos que Zizek me hab\u00eda dado de cambio. Me tom\u00f3 el de mil coronas y me dio a su vez vuelto.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 12pt\">Salimos con tiempo suficiente para conocer otro lugar que hab\u00edamos reservado precisamente para concluir nuestro viaje. El vuelo de avi\u00f3n a Madrid era a media tarde y ten\u00edamos que irnos despu\u00e9s de comer. Y nuestro \u00faltimo destino era el cementerio jud\u00edo.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 12pt\">Para ello ir\u00eda cuando menos con dos prejuicios. Uno, recordaba esa figura de cejas tupidas y en general de aire mefistof\u00e9lico del rabino de <em>Un hombre serio<\/em>, de los hermanos Coen, donde para concluir el periplo del rito inicial de Danny Gopnik, un joven, le recomienda escuchar el disco<em>Surrealistic pillow,<\/em> de la banda psicod\u00e9lica Jefferson Airplane. Y un segundo, quiz\u00e1 menos incorrecto pero igualmente pantagru\u00e9lico, lo hall\u00e9 en <em>El cementerio de Praga<\/em>, la novela de Umberto Eco. El erudito italiano nos plantea en Simonini a un personaje, genial impostor, capaz de crear cualquier documento ap\u00f3crifo. A lo largo de la novela Simonini nos muestra el lado antisemita del piamont\u00e9s con singular finura.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 12pt\">Fue entonces que se me revel\u00f3 todo en este encuentro sumario. Visitar\u00eda el Cementerio\u2026 pero habr\u00eda que pagar 300 coronas y 50 por el derecho a sacar fotos. La fila era extensa y no avanzaba. No me explicaba cu\u00e1l era el motivo de la tardanza. Cuando me toc\u00f3 mi turno me enfrent\u00e9 a un personaje marginal del libro de Eco. La encargada de la librer\u00eda Beaune era la misma que me atend\u00eda. Una vieja arrugada, \u201cvestida siempre con una inmensa falda de lana negra y una cofia que parec\u00eda la Caperucita Roja que, afortunadamente, le tapaba una mitad de la cara\u201d. Era una mujer cuarteada por el tiempo. Estaba por supuesto encorvada y dirig\u00eda su cuello como ave de rapi\u00f1a. Lerdamente me pidi\u00f3 600 coronas. Saqu\u00e9 mi cartera e intent\u00e9 ocupar mi billete de 500 coronas que me dio Zizek. La anciana alz\u00f3 la mano y estir\u00f3 su retorcido dedo \u00edndice y lo hizo moverse en direcci\u00f3n pendular para frenarme. No, ese billete es falso, me dijo. Es extranjero. No es checo. No son coronas. Su billete es de Bulgaria. Y como no ten\u00eda m\u00e1s coronas ni aceptaban pago con tarjeta, fue un instante donde resum\u00ed la estafa de Zizek. Lo de menos era cu\u00e1n caro me habr\u00eda cobrado la carrera del taxi. M\u00e1s bien me hab\u00eda robado por completo mil coronas al darme un billete de 500 lev, la moneda b\u00falgara, que carec\u00eda de valor en las casas de cambio.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"line-height: 17.4px;font-size: 12pt\">Deb\u00ed haber pensado en el color de los taxis. Niedermann y Zizek sab\u00edan de lo que estamos hechos los turistas. De en balde me hab\u00eda servido la lectura de las obras completas de Milan Kundera, quien narra en cuentos la manipulaci\u00f3n a los dirigentes del partido a trav\u00e9s de los hor\u00f3scopos. Nada es lo que parece, sostiene Eco. En la tierra de Kafka, insisto, cualquiera puede amanecer como un bicho raro. Y ni un golem se salva de esta parad\u00f3jica, oscura, misteriosa y cabal\u00edstica ciudad. Vaya, ni siquiera el cementerio jud\u00edo, que no llegamos a conocer por culpa de esta broma de Praga.<\/span><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un gigante sueco y un psicoanalista esloveno conduc\u00edan sendos taxis de lujo en el coraz\u00f3n de la Ciudad Vieja en Praga. Los taxis no eran de los amarillos, como recomendaban sinceramente los folletos de las agencias de viaje. 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