Estudiantes de Pedagogía los alfabetizan
Niños de 10 años no conocían
colores, letras ni plumones
“Siempre que llego Daniela
me abraza y me dice que soy su muñeco o su columpio
o su toalla. Me pone los nombres de las cosas que aprende
a escribir en la semana”, dice un estudiante
Uno viene aquí a aprender
cómo es ahora la pobreza: Arnulfo Rodríguez

Edith Escalón
Francisco es albañil, como su papá.
Tiene 12 años y 10 hermanos, ninguno de ellos va a
la escuela; vive en una colonia que ni siquiera aparece en
el mapa de Xalapa, donde no hay agua potable, luz ni drenaje.
Hoy es sábado pero él no trabaja: en una casa
deshabitada y en obra negra, seis estudiantes de Pedagogía
de la Universidad Veracruzana (UV) le enseñan a él
y a otros 20 niños a leer y a escribir; no hay bancas
ni pizarrón, pero ésta es su única escuela.
“El plan inicial era trabajar con adultos, pero cambió
cuando supimos por los padres que había tantos niños
analfabetas”, cuenta Silvia Jiménez, maestra
de la Facultad de Pedagogía en el Sistema Abierto y
responsable de los cursos Proyecto de Educación Comunitaria
e Intervención en la Comunidad, experiencias educativas
que pueden cursar estudiantes de la UV de cualquier carrera.
“Uno viene aquí a aprender cómo es ahora
la pobreza”, resume Arnulfo Rodríguez, carpintero
de 40 años que hace cinco decidió estudiar los
sábados una carrera. “Cuando yo era joven decían
que el atraso sólo estaba en el campo, en las zonas
rurales, pero yo que vivo en La Concha sé que en mi
comunidad no hay niños que no vayan a la escuela”.
Lo investigó como parte de esta clase, precisa la maestra.
Frente a la casa que desde mayo pasado les prestan para hacer
la escuela hay un basurero donde los pequeños juegan.
Canales de drenaje a cielo abierto bajan desde los cerros
llenos de casas pobres, patios con pollos y cerdos y perros
flacos sin vacunas o sin dueño. Los niños sonríen
de todos modos, para ellos es normal vestir andrajos y andar
descalzos. Dicen los estudiantes que algunos nunca han ido
siquiera al centro de la ciudad.
Cuatro horas de viaje que valen la
pena
La colonia se llama Ampliación Vicente Guerrero; como
muchas marginales, está del otro lado de Lázaro
Cárdenas, la carretera federal de camellones arbolados
que atraviesa la ciudad. Para llegar hay que tomar una desviación
del Camino Antiguo a Naolinco hasta llegar casi al Tronconal
y sólo un camión los deja cerca. De donde acaba
su ruta, siguen a pie 10 minutos por caminos polvosos, si
está soleado, o resbalosos por el barro cuando llueve.
A sus 21 años, Citlalli y Jazmín dicen que tienen
suerte. Viven en la ciudad donde estudian y llegar los sábados
con sus niños de preescolar les toma sólo una
hora y media. En cambio, Pascual deja su casa de madrugada
cada sábado a las cinco y media. Tres horas después
llega desde Coscomatepec a CAXA. A las nueve ya está
en el centro y de ahí espera el camión de Autotransportes
Banderilla que termina su ruta una hora después, a
10 minutos de la escuela.
“Venir me cuesta cuatro horas de viaje y como 300 pesos,
pero sé que vale la pena porque al enseñar,
uno también aprende”. Pascual trabaja en el Consejo
Nacional de Fomento Educativo (Conafe) y desde hace nueve
años es instructor de educación comunitaria
en zonas rurales del Pico de Orizaba.
Dos de sus compañeras tienen la misma experiencia.
Esther fue maestra en una escuela-campamento de Huatusco que
acompaña a grupos de jornaleros agrícolas a
los cafetales donde trabajan por temporadas. Nancy fue la
maestra en comunidades de Alto Lucero –a las que llegaba
tras ocho horas de viaje– y en el municipio de Soledad
de Doblado.
Para ellos, más acostumbrados al servicio comunitario,
la experiencia en esta clase ofrece mucho más de lo
que demanda: “Uno se siente orgulloso y satisfecho cuando
ve que los niños aprenden, y ya leen, escriben y avanzan.
Como que uno sabe que eso va a cambiar aunque sea un poquito
su vida”. Nancy revisa los enunciados que Lauro y Francisco,
los más avanzados, escribieron en el pizarrón
de papel bond que ella y los demás compraron con su
dinero, como todo el material que ocupan.
Sin condiciones para ser niños
Para llegar hasta la casa que le prestó a la UV don
Julián Guzmán, el dirigente del barrio, hay
que subir y bajar por terracerías y cruzar por veredas
hasta otros cerros donde hay más niños y más
pobreza. Pascual ya no se pierde como al principio, ya conoce
las calles que recorre en camión y las que ha caminado
desde hace 20 semanas.
Dice que uno puede escoger la razón que quiera para
entender por qué los niños no van a la escuela:
“Porque trabajan y faltan, porque reprueban, porque
cuidan a sus hermanos o son muchos en sus casas; algunos ya
no los aceptan por la edad o son problemáticos, otros
no tienen acta de nacimiento o dinero para los cuadernos,
también porque los papás no estudiaron o nomás,
porque los ‘niños pobres’ son primero ‘pobres’
y si les queda chance, ‘niños’. Son muchas
cosas y, a veces, todas se juntan”.
Entre todos cuentan anécdotas: “Fue impresionante
llegar y ver que unos, a los 10 años, no conocían
ni siquiera los colores, ya no se diga las letras o los plumones”,
“Siempre que llego Daniela me abraza y me dice que soy
su muñeco o su columpio o su toalla. Me pone los nombres
de las cosas que aprende a escribir en la semana”, “El
hermano de María consiguió trabajo, ahora recoge
basura en una carreta y ya no viene porque con eso saca dinero
para las tortillas del diario”, “Antes, Alma tenía
miedo hasta de tomar los colores y no hablaba; ahora ya no
se calla”…
En el último día de clases no hay convivio.
Sentada en el piso de tierra, María copia enunciados
en su cuaderno aunque son casi las dos de la tarde y no hubo
recreo. En el piso como ellos, Esther repite a los niños,
sílaba por sílaba, las palabras que escribieron:
“Hay que enseñarles lo más que se pueda”,
dice sabiendo que no será mucho, porque en pocos días,
ella y los demás estarán a estas horas en otra
clase.
Después de medio año de trabajar en la colonia,
a los muchachos no les pesa haber puesto dedicación,
tiempo y dinero, sino ver que la desigualdad es cada vez más
grande también en las ciudades. Aquí se ve y
se respira la pobreza, coinciden.
Rebasados
Para la UV, éstos no son cursos teóricos ni
talleres, son una experiencia profesional parecida al Servicio
Social, en la que los alumnos deben aplicar todos los conocimientos
que han adquirido durante la carrera; sin embargo, Silvia
Jiménez reconoce que como pedagogos se han visto rebasados
por los problemas.
“También necesitamos personas con otro perfil,
estudiantes de Medicina que den charlas de salud, de Psicología
que atiendan casos especiales, de Nutrición que les
digan cómo comer barato y saludable, biólogos
que les expliquen como cuidar el agua.”
Aunque la materia se ofrecerá nuevamente hasta mayo
de 2009, la maestra Silvia aprovecha para invitar a estudiantes
de otras carreras a cursar la experiencia: “Es una materia
electiva, cualquiera puede tomarla. No dudo que, como mis
alumnos, haya más estudiantes con la sensibilidad y
la disposición para ayudar, aprender, poner en práctica
lo que saben, y compartir ese conocimiento de universitarios
aquí, donde más se necesita”. Hasta entonces,
por cuenta propia, ella irá a la escuela que creó
en mayo una vez por semana, para dar seguimiento a los niños.
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