ESTADO Y SOCIEDAD
La epidemia de la influenza y las enseñanzas de LA GLORIA
Alberto J. Olvera1
Alberto J. Olvera es doctor en Sociología por la New School for
Social Research de Nueva York. Se desempeña
como profesor-investigador del Instituto de Investigaciones
Histórico-Sociales de la Universidad Veracruzana.
Miembro del SNI nivel II y de la
Academia Mexicana de Ciencias. Su texto más reciente es
Ciudadanía y Democracia.
La crisis de salud pública que vivió el país en semanas pasadas se explica al menos en parte por una
causa común a muchos problemas nacionales: la
irresponsabilidad e ineficiencia del Estado. Si analizamos la trayectoria del brote de la influenza A/H1N1 en
México, resalta una sucesión de errores y omisiones
de los gobiernos estatales y del federal que plantean la
urgencia de contar con un Estado manejado por profesionales y no por políticos que atienden antes que
nada sus prioridades de corto plazo y no las necesidades de la ciudadanía.
La epidemia de influenza puso al país en el centro
de la atención mediática internacional y exhibió los
límites del Sistema Nacional de Salud. Los problemas
emergieron desde el momento de la localización del
brote epidemiológico, siguieron en la forma de afrontarlo, de atender a los pacientes, de dar información
al público, de definir los pasos a dar en el futuro y
terminaron en un debate nacional centrado en la utilización política del problema.
En su forma actual el nuevo virus al parecer fue
detectado en 2005 en China, y en 2008 se empezó a
saber de casos previos en Estados Unidos, siempre asociados a personas en contacto con ganado porcino.
1 México. Un caso en Veracruz, el de la comunidad de
La Gloria, municipio de Perote, dio la voz de alarma.
Entre enero y marzo de este 2009 casi la mitad de la
población de este pueblo cayó víctima de la influenza
–que se pensó era estacional– registrándose al menos
tres muertes de niños pequeños: Brenda Hernández
Soto, el 13 de enero; Juan Rodríguez Hernández, de
siete meses, el 8 de febrero; y Giovanny Apolinar Bonilla, de dos meses, el 12 de marzo. Este inusual brote
masivo fue ocultado del conocimiento público, y sólo
en marzo es reportado a las autoridades sanitarias por
lo inusitado de su magnitud, pues afectó a más de 600
personas en una comunidad de 2 200 habitantes. Mediante una nota emitida por Notimex se supo del caso
en los medios a finales de marzo. Esta nota permitió a
una empresa internacional de alertas epidemiológicas
avisar el 3 de abril a la Organización Mundial de la
Salud que algo inusual pasaba en México. Ahora sabemos que el 2 de abril cayó enfermo el que después sería
el niño más famoso de Veracruz, Edgar Hernández, de
cuatro años de edad: enfermó al final del brote infeccioso en la comunidad, y sólo el 23 de abril se supo
que el examen de su sangre dio positivo de la cepa A/
H1N1, cuando ya se había curado. No se le practicaron
exámenes semejantes a quienes se enfermaron antes
que él, de manera que no sabemos cuántas personas
más pudieron haber padecido el virus. Al parecer, sin
brotes epidémicos tan grandes como el de La Gloria,
muchas personas empezaron a enfermar en la región y
en el país, hasta que el 17 de abril hubo ya una alarma
nacional y se procedió a recolectar muestras que el 22
de abril serían enviadas a Canadá para su estudio.
Hubo var ia s razones que explican la tardanza en la
reacción de las autoridades ante el brote de influenza.
La primera fue que los servicios de salud no conocían
la naturaleza de la enfermedad, es decir, su origen y
su forma de evolución. La segunda, que la fragmentación institucional de los servicios de salud en todo el país impidió que se transmitiera la información en
tiempo y forma hasta las instancias nacionales de alerta epidemiológica. A decir verdad, nadie sabe cuántos
enfermos reales tuvimos ni desde cuándo y en cuántos
lugares se produjeron los primeros brotes. El caos en
materia de salud es consecuencia de la coexistencia de
múltiples aparatos abocados a la salud pública (IMSS,
ISSSTE, servicios estatales de salud, etc.), que no tienen
relación entre sí; de la falta de supervisión de todo el
sistema; de la pésima calidad y falta de cobertura de
los servicios médicos y, por tanto, del hecho de que la
mayoría de la población se automedica y va al médico
sólo en condiciones de emergencia.
1
Para esta información y la que sigue, consultar Bradly Condon y Tapen Sinha: “Diario de la Peste”, en: Nexos 378, junio de
2009.
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