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Península, península y Nómadas del sur Novelas
de una tierra adentro
muy lejana... del centro del país*
Arturo E. García Niño
Arturo E. García Niño es escritor e historiador. Doctor en
Historia y Estudios Regionales, actualmente es profesor
investigador en la Universidad de Quintana Roo y editor
responsable de la revista Co/incidencias, de la misma
Universidad. Ha publicado en revistas de difusión y
especializadas nacionales e internacionales, así como en
libros colectivos.
Alejada del centro de las decisiones nacionales que
históricamente ha sido y es la Ciudad de México, la Península de Yucatán, región constituida
mediante la concurrencia y asentamiento en ella de
campechanos, yucatecos y, más recientemente, quintanarroenses, se insertó por tal lejanía en el imaginario
colectivo nacional como “la hermana república” que
estaba allá en el fondo del país, en el sureste profundo,
cercana, al igual que Chiapas y parte de Tabasco (estados donde ya se “vosea” y no se tutea, por ejemplo), a
Centroamérica y al Caribe. Más aún, en la cotidianidad
mexicana toda, ese nuestro “patio de atrás”, fronterizo con Guatemala y Belice y que nos hace integrantes
tanto del istmo centroamericano como del Caribe, se
difumina y olvida, consolidando con esto la noción de
alejamiento. Vale asentar que a la cimentación de tal
estereotipo han contribuido voluntariamente los propios peninsulares, y los yucatecos en específico, sustentados en la producción y reproducción de una cultura
empeñada en definir su identidad no sólo mediante la diferencia frente a la otredad (como es y debe ser), sino
también con la asumida intención de autonomía regional frente al resto de México, con el cual han mantenido siempre una relación de alejamiento/acercamiento,
desagregándose y agregándose al país según el proyecto de nación en turno y las conveniencias de los grupos
de poder central o peninsulares. Asimismo, como toda
región construida artificialmente, la península ha generado su propio “proceso de ontologización”, y dentro de
él un conjunto de expresiones literarias que van, para el
caso yucateco en el siglo XIX, de Andrés Quintana Roo
a Francisco Sosa, pasando por Justo Sierra O’Reilly, y
para el de los escritores quintanarroenses, de Wenceslao Alpuche, oriundo de Tihosuco, a los bacalareños
Juan de Dios Enríquez, Raymundo Pérez y Manuel José
Delgado. Dentro de esa caterva de escritores yucatecos
y quintanarroenses vale incluir en el siglo XX, aunque
hayan edificado su obra en el Distrito Federal, a Ermilo Abreu Gómez, Juan García Ponce, Héctor Aguilar
Camín, Juan Domingo Argüelles, Antonio Leal y Luis
Miguel Aguilar. Y, ya durante el encabalgamiento de
los siglos XX y XXI, al yucateco Hernán Lara Zavala,
avecindado en la Ciudad de México, autor de la novela Península, península 1, y al chetumaleño Raúl Arístides,
autor de la novela Nómadas del sur 2
y quien, al igual que
el solvente poeta Javier España, continúa arraigado a su
terruño, a la matria, pues.
Hernán Lara Zavala
En sus sesenta y pocos años ha sido funcionario en la
UNAM y tiene en su haber cuatro libros de relatos: De
Zitilchén (1981), El mismo cielo (1987), Después del amor
y otros cuentos (1994) y Cuentos escogidos (1997); un libro para niños llamado Tuch y Odilón (1992); los libros
de crónicas de viaje Equipaje de mano (1995) y Viaje al
corazón de la península (1998); y dos novelas que son
Charras (1990) y Península, península (2008). Esta última se inscribe dentro de la novela histórica (y para los
tiempos que corren ya también la primera), teniendo como escenario el tránsito entre la primera y la
segunda mitad del siglo XIX mexicano, al calor de las
revueltas indígenas milenaristas que la historiografía
registrará como la Guerra de Castas. Una península
(la de Yucatán) donde la
civilización [...] que había aspirado a constituirse
en nación soberana y se había separado del centro, como se le [llamaba y] llama a la capital del
país, considerando su número de habitantes, extensión territorial y producciones, había pasado
por alto que de los seiscientos mil habitantes con los que contaba, cuatro quintas partes eran indios
mayas (p. 144).
Fueron esos mismos indios los que, bajo la conducción
de caciques como Manuel Antonio Ay (cuyo objetivo
era expulsar a los blancos de la región para crear una
república de indios), Jacinto Pat (que buscaba tomar
el poder relevando a los blancos, pero sin echarlos de
sus tierras) y Cecilio Chi (el más radical porque pretendía cobrar todas las afrentas e injusticias de siglos
con el exterminio de los blancos), enfrentarían a la
oligarquía peninsular. En el arranque de la novela, dos
representantes de esa oligarquía, Miguel Barbachano
y Santiago Méndez, que a la vez son enemigos políticos coyunturales, se reúnen la noche del “Baile Verde”
en el verano de 1847, con objeto de acordar “no usar 3
a los indios” en sus posibles disputas militares futuras;
de ahí Barbachano saldrá rumbo al puerto de Sisal,
desde donde levará anclas con destino a La Habana.
El baile seguirá su rumbo normal y el joven matrimonio con dos hijos formado por el comerciante Genaro
Montore y Lorena Cervera, hija de un rico hacendado, disfrutarán sin imaginar el vuelco que dará a sus
vidas la guerra que se avecina por el levantamiento de
los indios mayas en Tepich para luego tomar la ciudad
de Valladolid..
Es esta una novela “recuperada” por Lara Zavala,
quien nos da a conocer la novela escrita a su vez por
José Turrisa, director del periódico El Voto Público (y
una suerte de clon literario del escritor Justo Sierra
O’Reilly,
4
precursor de la narrativa histórica yucateca). En ella se va insertando, a varias voces con Turrisa
como narrador omnisciente, la historia del amor entre
* El presente artículo es la versión para La Palabra y el Hombre
de una investigación de largo aliento acerca de la literatura penin-
sular yucateca y sus circunstancias históricas entre los siglos XIX
y XXI, y para hacer más ágil su lectura se prescinde de indicar el
aparato crítico que sustenta los datos y circunstancias del paisaje
histórico.
1
Hernán Lara Zavala, Península, península, Alfaguara, México, 2008.
2
Raúl Arístides, Nómadas del sur, Universidad Veracruzana,
Xalapa, 2008.
3
Las cursivas son nuestras, para resaltar el verbo que cosifica
a los indios desde la visión del poder.
4
José Turrisa fue el seudónimo que utilizó Sierra O’Reilly
para firmar sus artículos en El Museo Yucateco, periódico fundado
por él mismo en la década de los cuarenta del siglo XIX.
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